PSOE: Montero no fue el problema, esta es la verdadera crisis

La candidata imperfecta y el espejismo de la culpa

Es cierto que María Jesús Montero no fue la candidata soñada para el PSOE en las últimas elecciones andaluzas. Su campaña, marcada por errores de comunicación y una falta de conexión con el votante medio, resultó torpe y poco efectiva. Sin embargo, reducir la debacle electoral a la figura de Montero es un ejercicio de simplificación que el propio partido ha fomentado para evitar mirar al abismo. La columna de opinión de EL PAÍS, titulada «Excusas para una derrota», ya apuntaba a esta dinámica: «Es verdad que Montero no era una buena candidata y que su campaña fue torpe. Pero cuesta seguir fingiendo que el problema del PSOE se limita a eso». Este artículo profundiza en las verdaderas raíces de la crisis socialista, más allá del chivo expiatorio de turno.

El error de Montero: la torpeza que lo resume todo

La gestión de la campaña de María Jesús Montero fue, sin duda, un desastre en términos de imagen. Uno de los momentos más comentados fue su declaración sobre la muerte de dos guardias civiles en un accidente de tráfico, a los que calificó como un «accidente laboral». La frase, recogida en redes sociales y en el programa de Carlos Alsina en Onda Cero, fue calificada de «imperdonable frivolidad». Esta falta de empatía no solo enfureció a sectores conservadores, sino que alienó a votantes moderados que esperaban un discurso serio y respetuoso con las fuerzas de seguridad.

Además, la estrategia de Montero se apoyó en mensajes genéricos y en una defensa cerrada de la gestión de Sánchez sin ofrecer un relato propio para Andalucía. Su equipo de campaña pareció no reaccionar a tiempo ante los ataques del PP y Vox, que capitalizaron cada metedura de pata. Sin embargo, centrar todo el análisis en estos fallos tácticos es, como advierte el artículo de EL PAÍS, una coartada para no examinar el fondo del problema.

El chivo expiatorio: cuando el partido se lava las manos

Lo más revelador de la estrategia postelectoral del PSOE ha sido la rapidez con que se ha señalado a Montero como única responsable. Dirigentes y barones regionales, en privado, han filtrado críticas hacia su «falta de carisma» y su «gestión torpe», mientras evitan cualquier autocrítica colectiva. Esta dinámica de buscar un culpable individual recuerda a otros episodios de la historia reciente del partido, donde se sacrificaba a una figura para salvar al conjunto.

Pero la realidad es que Montero fue elegida candidata por la misma cúpula que ahora la critica. Si su perfil no era el adecuado, ¿por qué se la impuso? La respuesta está en la ausencia de un proceso de primarias real y en la falta de renovación de liderazgos territoriales. El PSOE andaluz, antaño maquinaria electoral imbatible, ha envejecido y se ha burocratizado. Culpar a Montero es, en el fondo, un acto de hipocresía que busca evitar un debate incómodo sobre el futuro del partido.

Un proyecto político sin alma: la crisis de identidad socialista

Más allá de la candidata, el PSOE arrastra un problema de fondo: no sabe a qué votante quiere seducir. En Andalucía, la formación ha perdido el discurso propio que durante décadas la distinguió: la defensa de los servicios públicos, la lucha contra el paro estructural y la conexión con el mundo rural. Con Sánchez al frente del Gobierno central, el partido ha priorizado la agenda nacional (leyes de memoria, regeneración democrática, etc.) mientras descuidaba las preocupaciones locales de la Andalucía profunda.

Esta desconexión se refleja en los resultados: el PSOE andaluz ya no es el partido hegemónico que ganaba siempre. La fragmentación del voto de izquierdas (con Sumar y la confluencia local) y el crecimiento del PP han dejado al PSOE en una posición incómoda. Sin un relato claro y una propuesta para los andaluces que viven el día a día, cualquier candidato, por carismático que sea, tendrá dificultades. Montero fue solo el espejo de una crisis que viene de lejos.

El patrón de las derrotas: de Susana Díaz a Montero

El análisis de las últimas elecciones andaluzas revela un patrón repetitivo. En 2018, Susana Díaz perdió la mayoría absoluta y luego el gobierno. En 2022, Juan Espadas fue candidato y obtuvo el peor resultado histórico. Ahora, María Jesús Montero repite la misma tendencia a la baja. En cada caso, el partido ha cambiado de candidato, pero los resultados empeoran. Esto sugiere que el problema no es la persona, sino la estructura y el mensaje.

El columnista de EL PAÍS lo expresa con claridad: «Cuesta seguir fingiendo que el problema del PSOE se limita a eso». La repetición de derrotas con diferentes candidatos evidencia que la maquinaria socialista necesita una revisión profunda, no un mero cambio de rostro. Mientras el partido no se atreva a cuestionar su modelo organizativo, su relación con el PSOE federal y su propuesta para Andalucía, cualquier nuevo candidato será solo un parche.

El papel de los medios y la opinión pública: el eco de la derrota

La cobertura mediática ha jugado un papel ambivalente. Por un lado, medios como EL PAÍS y programas como el de Carlos Alsina en Onda Cero han señalado la insuficiencia de la explicación oficial. Alsina, en su repaso diario de la prensa del 18 de mayo de 2026, destacó la portada que hablaba de «excusas para una derrota», poniendo el foco en la falta de autocrítica. Por otro lado, las redes sociales, como el tuit de @mtscano y las publicaciones de Instagram sobre el «accidente laboral», amplificaron el error de Montero, fijando la narrativa en su torpeza individual.

Este ecosistema informativo tiene un efecto perverso: al centrar el debate en la figura de Montero, se desvía la atención de las responsabilidades colectivas. La opinión pública, bombardeadas con memes y críticas a la candidata, tiende a aceptar la versión simplista. Pero quienes siguen de cerca la política saben que los problemas del PSOE son estructurales. La prensa seria tiene la responsabilidad de ir más allá del escándalo del día y plantear preguntas incómodas al partido.

Más allá de Montero: hacia una renovación necesaria

Superar la etapa de las excusas requiere que el PSOE asuma que su crisis es de proyecto y de organización. La candidatura de Montero fue un síntoma, no la causa. Para recuperar la confianza del electorado andaluz, el partido debe articular un discurso que combine la defensa de los avances sociales con una propuesta realista para el empleo y la agricultura, dos temas clave en la comunidad. Además, necesita abrirse a la participación de nuevas voces, lejos de las viejas estructuras de poder local.

El camino no será fácil. El PSOE se enfrenta a un PP consolidado en la Junta y a una extrema derecha que crece. Pero la primera lección que debe aprender es que culpar a una candidata por una derrota que era previsible es, como dice la columna de EL PAÍS, una excusa. La verdadera responsabilidad está en quienes diseñaron la estrategia, en quienes impidieron la renovación y en quienes prefirieron el inmovilismo al cambio. Mientras no haya un debate honesto, el PSOE seguirá cosechando excusas, no victorias.

Conclusión: el espejismo de la excusa perfecta

Es fácil y cómodo echarle la culpa a María Jesús Montero. Su campaña fue torpe, sus declaraciones desafortunadas y su perfil no conectó con los andaluces. Pero reducir la derrota socialista a su figura es un error que el partido paga caro cada vez que repite el mismo patrón. La autocrítica real exige mirar al interior: ¿por qué se eligió a esa candidata? ¿Por qué el proyecto político se ha diluido? ¿Por qué la maquinaria electoral falla una y otra vez? El PSOE necesita dejar de buscar chivos expiatorios y abordar la crisis de identidad que lo aqueja. Solo así podrá construir un futuro que no dependa de una campaña perfecta, sino de una propuesta sólida y honesta con los ciudadanos.

La lección es clara: las excusas no ganan elecciones. La sinceridad y la renovación, sí.