Claudio «Chiqui» Tapia: 9 años de gestión entre trofeos, sombras y aspiraciones políticas
El 29 de marzo de 2024, Claudio «Chiqui» Tapia cumplió nueve años al frente de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA). La entidad emitió un comunicado celebrando «un ciclo de crecimiento y protagonismo», una afirmación genérica que contrasta violentamente con la compleja realidad actual. Mientras la selección mayor y las formativas lograron títulos históricos, la gestión se ve opacada por graves problemas económicos, investigaciones judiciales, un profundo malestar en el fútbol de clubes y el repudio de una parte significativa de la hinchada. Este artículo analiza en profundidad la paradoja de una presidencia que soñó con pegar el salto a la política y hoy debe navegar un mar de cuestionamientos, intentando equilibrar el éxito deportivo indiscutible con una crisis institucional creciente.
El inicio: la promesa de renovación en 2017
Claudio Tapia asumió la presidencia de la AFA el 29 de marzo de 2017, en un contexto de extrema debilidad institucional y tras la fallida gestión de Luis Segura. Su llegada, respaldada por el entonces presidente Mauricio Macri, fue vista como un soplo de aire fresco, prometiendo transparencia y orden después de décadas de liderazgos cuestionados. Representaba, en teoría, una figura alejada de los «barones» tradicionales del interior, aunque con el respaldo clave de la provincia de Buenos Aires.
Los primeros años estuvieron marcados por la tarea de saneamiento económico y la normalización de los torneos locales. Sin embargo, como señalan diversos análisis, la narrativa de «crecimiento y protagonismo» que hoy esgrime la AFA en sus comunicados oficiales carece con frecuencia de datos concretos que la sustenten más allá del ámbito estrictamente deportivo. El ciclo comenzó con la promesa de una gestión moderna, pero los cimientos pronto mostrarían grietas.
El contraste máximo: gloria deportiva en la cancha
Es imposible e injusto negar los éxitos deportivos logrados bajo el mandato de Tapia. Este período ha sido, probablemente, el más fructífero en la historia del fútbol argentino a nivel de selecciones. La Copa América 2021, la Finalissima 2022 y, sobre todo, la Copa del Mundo de la FIFA Qatar 2022, coronaron a la Albiceleste y a Lionel Messi. A esto se suman títulos mundiales en categorías juveniles y los oro olímpicos en fútbol masculino y femenino.
Estos logros son el principal y más sólido argumento de la gestión. Tapia supo capitalizar la gestión deportiva encabezada por directivos como Pablo Aimar y técnicos como Lionel Scaloni, generando un clima de estabilidad y apoyo que fue clave. Sin embargo, este éxito en la élite contrasta de manera flagrante con la situación doméstica del fútbol argentino, creando una dicotomía que define su presidencia.
Las sombras: investigaciones judiciales y opacidad económica
Mientras la selección levantaba copas, la AFA de Tapia comenzó a acumular causas judiciales y señalamientos por opacidad. Según reportes como el citado por Clarín, la gestión está «en el medio de investigaciones judiciales». Una de las más resonantes involucra una presunta estafa a la propia AFA a través de la venta de derechos de publicidad en pantallas, investigada por el juez Federico Villena.
Además, persisten fuertes cuestionamientos sobre la distribución de los cuantiosos ingresos generados por los éxitos de la selección, los derechos televisivos y el acuerdo con la empresa Socios.com. Muchos clubes del interior denuncian falta de transparencia y una distribución desigual de los recursos, que no se condice con el supuesto «crecimiento» general proclamado. El manejo financiero sigue siendo un punto crítico y opaco de la administración.
El descontento social: el repudio de hinchas y clubes
La imagen pública de Tapia ha caído a niveles preocupantes. Episodios como el conflicto por la localía de la Final de la Copa de la Liga 2023, donde River Plate debió ceder su estadio, o la polémica suspensión del clásico entre Independiente y Racing, generaron un rechazo masivo. Las protestas en la sede de AFA y los cánticos en contra en los estadios son una constante, reflejando una pérdida de conexión con la base social del fútbol.
La sensación entre muchos socios y dirigentes de clubes es que la AFA está más preocupada por los negocios y la imagen de la selección que por los problemas cotidianos del fútbol argentino: infraestructura, seguridad, calendarios sobrecargados y la viabilidad económica de los clubes más chicos. Este descontento es un termómetro fiel de una gestión que ha priorizado el éxito de la élite por sobre el desarrollo del fútbol en su conjunto.
El sueño trunco: el salto a la política nacional
Alrededor del apogeo deportivo con el título mundial, se especuló fuertemente con una posible carrera política de Tapia. Su nombre sonó para cargos ejecutivos, aprovechando la capitalización del éxito futbolístico. Este sueño, sin embargo, parece haberse truncado. La acumulación de problemas judiciales y de imagen, sumado a un contexto político nacional complejo, habrían frenado esa ambición.
Este revés proyecta una nueva sombra sobre su liderazgo. La pregunta que flota es si la gestión en AFA fue, en parte, moldeada con una mirada política, buscando rédito más allá del fútbol. El hecho de que ese proyecto no haya cuajado lo deja en una posición vulnerable, obligado a lidiar exclusivamente con los intrincados problemas de la entidad que preside, sin el posible «plan B» de un cargo político que lo alejara de Viamonte.
Balance final: ¿ciclo de crecimiento o de profundas contradicciones?
Hacer un balance de estos nueve años es navegar en la contradicción. Por un lado, existe un legado deportivo imborrable y glorioso, que quedará en la historia. Por el otro, una gestión institucional marcada por las sospechas judiciales, el descontento popular y la falta de transparencia. El comunicado de aniversario de la AFA, al hablar de un «ciclo de crecimiento y protagonismo» sin detallar cifras o logros institucionales concretos, parece confirmar esta brecha entre relato y realidad.
La gestión Tapia demostró que se puede lograr el máximo éxito en la cancha mientras se acumulan conflictos graves fuera de ella. El fútbol argentino vive de las glorias de su selección, pero su estructura interna padece problemas crónicos que no han sido resueltos y, en muchos casos, se han agravado. El protagonismo es, en efecto, de los jugadores y el cuerpo técnico; los cuestionamientos, para la dirigencia.
Conclusión: Un legado bifurcado y un futuro incierto
Claudio «Chiqui» Tapia llega a sus nueve años de presidencia como la figura de un período histórico deportivamente irrepetible, pero también como el administrador de una crisis de confianza institucional. Su gestión quedará escindida en dos: la de los títulos mundiales y la de las investigaciones judiciales; la de la fiesta en Qatar y la de los cánticos de repudio en los estadios argentinos. El sueño de trascender el fútbol y saltar a la política parece haberse desvanecido, obligándolo a enfrentar el complejo presente de la AFA.
El futuro inmediato dependerá de su capacidad, o voluntad, para abordar con transparencia los graves problemas económicos y judiciales, y para reconstruir el puente roto con los clubes y los hinchas. Mientras la selección siga siendo un bastión de alegrías, la dirigencia tendrá un colchón de tolerancia. Pero si esa fuente de éxito se agota, el balance de estos nueve años podría inclinarse definitivamente hacia el lado de las sombras y los cuestionamientos, dejando atrás el relato de «crecimiento» para mostrar la dura realidad de una oportunidad histórica de transformación, en gran parte, desaprovechada.

