Juntos por el Perú y el lastre de Antauro Humala: una alianza incómoda
La campaña electoral peruana ha estado marcada por una tensión constante dentro de la izquierda: el partido Juntos por el Perú (JP), liderado por el excongresista Roberto Sánchez, busca desesperadamente desmarcarse de su controvertido aliado político, Antauro Humala. El cabecilla etnocacerista, conocido por liderar el «Andahuaylazo» en 2005, ha vuelto a ser noticia al sugerir una eventual guerra con Chile para recuperar Tarapacá. Estas declaraciones han colocado a JP en una encrucijada, obligando a sus dirigentes a realizar malabares discursivos para no perder el apoyo de los sectores radicales que simpatizan con el nacionalismo extremo de Humala, sin quedar atrapados en su retórica belicista. ¿Podrá el partido deslindar realmente de quien le ha servido de ariete durante toda la campaña?
El origen de la alianza: de adversarios a socios electorales
La relación entre Juntos por el Perú y Antauro Humala no es coyuntural, sino que se ha ido forjando durante los últimos meses. Roberto Sánchez, candidato presidencial de JP, acompañó a Humala en varios actos de campaña, en un intento de capitalizar el voto etnocacerista, un sector con base popular pero con un discurso abiertamente antidemocrático. Según información recogida por El Comercio, Sánchez y su círculo más cercano incluso presentaron al exmilitar como un «referente» de la lucha contra el sistema, pese a que Humala cumple condena por homicidio calificado tras la revuelta de Andahuaylas.
Sin embargo, esa estrategia ha resultado contraproducente. Las declaraciones de Antauro Humala a favor de una guerra con Chile para recuperar la provincia de Tarapacá —territorio perdido en la Guerra del Pacífico— han despertado alarma tanto en la opinión pública como en los sectores moderados del partido. La prensa ha documentado que, durante los primeros meses de campaña, Sánchez no dudó en compartir mítines y gestos de complicidad con Humala, pero ahora busca negar cualquier vínculo orgánico. La pregunta es si ese desmarque tardío es creíble o simplemente un acto de supervivencia política.
Declaraciones explosivas: el «Andahuaylazo» y la amenaza a Chile
El detonante de la crisis ha sido la entrevista en la que Antauro Humala afirmó que, en un eventual gobierno de Juntos por el Perú, se debería impulsar una política de «revisión de tratados» con Chile, llegando a sugerir una acción militar. «Recuperar Tarapacá no es una opción, es una necesidad histórica», declaró el etnocacerista, cuyas palabras fueron replicadas en medios como Instagram y redes sociales. La reacción no se hizo esperar: el gobierno chileno emitió una nota de protesta, y la clase política peruana, de derecha a izquierda moderada, condenó las declaraciones.
Frente a la polémica, Roberto Sánchez intentó minimizar el impacto afirmando que «las declaraciones de Antauro Humala no representan la posición del partido». Sin embargo, como señala la investigación de PressReader, la contradicción es evidente: durante toda la campaña, JP utilizó la imagen de Humala para ganar terreno en las zonas altoandinas, donde el etnocacerismo tiene arraigo. Ahora pretenden que el electorado olvide esa asociación. La presión mediática, similar a la que enfrentó Ollanta Humala (hermano de Antauro) en su momento, ha sido tal que el partido se ve obligado a hacer malabares discursivos.
La estrategia de desmarque: comunicados, entrevistas y gestos simbólicos
Roberto Sánchez ha optado por una ofensiva comunicacional para limpiar la imagen de su partido. En declaraciones a El Comercio, el candidato aseguró que «Juntos por el Perú no comparte el belicismo ni las posiciones autoritarias de Antauro Humala». Incluso, algunos dirigentes del partido han pedido «no meter a todos en el mismo saco», recordando que la alianza era pragmática y no ideológica. Sin embargo, las pruebas en video y fotografías de actos conjuntos desmienten ese argumento.
El círculo de Sánchez ha intentado, además, cuestionar la veracidad de las declaraciones de Humala, sugiriendo que fueron «sacadas de contexto». Pero los registros en Instagram de la propia cuenta oficial del etnocacerista confirman la literalidad de sus afirmaciones. Este intento de deslinde ha sido recibido con escepticismo tanto por analistas políticos como por la ciudadanía en redes sociales. En Facebook, por ejemplo, usuarios recordaron que «lo mismo pasó con Ollanta Humala: la presión mediática fue tanta que al final la derecha bruta y achorada del país a través de la Confiep logró que se desmarcara», en referencia al expresidente.
Las consecuencias: erosión de la credibilidad y fuga de votos moderados
El daño político ya está hecho. Las encuestas de intención de voto muestran una ligera caída de Juntos por el Perú entre los electores de centros urbanos, mientras que en el mundo rural la figura de Antauro Humala sigue generando adhesión. Este dilema expone la fragilidad de una estrategia que buscaba sumar sin importar las consecuencias. Para agravar la situación, sectores progresistas y de izquierda democrática han criticado abiertamente a Sánchez por no haber roto antes con Humala, acusándolo de oportunismo.
Desde la vereda contraria, la derecha mediática ha aprovechado la controversia para desacreditar a todo el espectro de la izquierda peruana, presentando a JP como «el partido de los violentos». La presión de la Confiep (Confederación Nacional de Instituciones Empresariales Privadas) y de los grandes medios ha sido implacable, recordando el caso de Ollanta Humala, quien también tuvo que desmarcarse de su hermano durante su campaña presidencial de 2011, aunque luego, ya en el gobierno, mantuvo ciertos vínculos. La historia parece repetirse, pero con un contexto más polarizado y una izquierda más fragmentada.
El dilema de la izquierda peruana: ¿pragmatismo o principios?
El caso de Juntos por el Perú pone sobre la mesa un debate recurrente en la política latinoamericana: ¿hasta dónde puede llegar una alianza pragmática sin traicionar los principios democráticos? Para muchos analistas, la decisión de Sánchez de aliarse con Antauro Humala obedeció a la necesidad de sumar votos en regiones donde el etnocacerismo tiene fuerza, como Puno y Cusco. Sin embargo, el discurso autoritario, xenófobo y belicista de Humala choca frontalmente con los valores de una izquierda que dice defender los derechos humanos y la paz.
El propio Sánchez ha reconocido en privado que subestimó el «efecto Antauro». Ahora, el partido se enfrenta a una disyuntiva: mantener la alianza a costa de su credibilidad internacional y nacional, o romper definitivamente con Humala y arriesgarse a perder un segmento electoral importante. La resolución de este conflicto definirá no solo el futuro de JP, sino también la capacidad de la izquierda peruana para construir un proyecto político coherente. Como señala un comentario en X (antes Twitter) del perfil Política El Comercio, «el desmarque parece más un acto de supervivencia que de convicción».
Conclusión: una lección sobre los límites del pragmatismo electoral
Juntos por el Perú ha intentado desmarcarse de Antauro Humala, pero las contradicciones de su propia campaña lo persiguen. Lo que comenzó como una alianza táctica para captar el voto radical se ha convertido en un lastre que expone las debilidades de un proyecto político sin bases éticas sólidas. Las declaraciones belicistas del etnocacerista no solo han generado tensión diplomática con Chile, sino que han puesto en evidencia que, en política, los pactos con figuras antidemocráticas suelen terminar por desgastar a quienes los promueven. El elector peruano tiene ahora la tarea de discernir si el discurso moderado de Sánchez es genuino o simplemente una máscara para ocultar una alianza que, en el fondo, nunca estuvo basada en principios. La historia, como en el caso de Ollanta Humala, muestra que desmarcarse no es suficiente si no hay un cambio real de rumbo.

