ONU al rojo vivo: la batalla Bachelet vs Grossi por el liderazgo global
La pugna diplomática por el liderazgo global
La carrera por la sucesión en la Secretaría General de la ONU ha escalado hasta convertirse en uno de los tableros geopolíticos más calientes de la región. Brasil y México han acelerado sus movimientos diplomáticos para impulsar la candidatura de la expresidenta chilena Michelle Bachelet, en un intento claro de bloquear el ascenso del candidato argentino Rafael Grossi, actual director del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Esta contienda no solo refleja las ambiciones de poder de los países sudamericanos, sino que también pone de manifiesto las profundas diferencias ideológicas entre los líderes de la región, especialmente la creciente rivalidad entre el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y el argentino Javier Milei. Las posiciones enfrentadas se extienden incluso a sus respectivos encuentros con Donald Trump, revelando alineamientos geopolíticos divergentes que trascienden el mero proceso electoral de la ONU.
El eje Lula-Bachelet: una apuesta por la experiencia multilateral
El presidente de Brasil, Lula da Silva, ha reafirmado públicamente su apoyo a Michelle Bachelet, calificándola como la candidata ideal para liderar la organización multilateral. Según fuentes diplomáticas citadas en la investigación, Lula ve en Bachelet una figura con credenciales intachables: fue Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, presidenta de Chile en dos ocasiones y posee una red de contactos global que podría dar estabilidad a un organismo sacudido por crisis climáticas y conflictos armados. México, bajo la administración de Andrés Manuel López Obrador, se ha sumado a esta alianza, formando un frente común que busca capitalizar la experiencia femenina y progresista en la gestión de crisis humanitarias.
El respaldo de Brasil no es menor: el gigante sudamericano es uno de los mayores contribuyentes financieros de la ONU y tiene aspiraciones de ocupar un asiento permanente en un Consejo de Seguridad reformado. Al impulsar a Bachelet, Lula no solo busca colocar a una aliada regional en el puesto más alto, sino también contrarrestar la influencia del eje Milei-Grossi, que representa una visión más conservadora y alineada con los intereses de Washington en ciertos temas energéticos y de no proliferación. La estrategia brasileña consiste en usar la diplomacia bilateral para convencer a países africanos y asiáticos de que Bachelet es la candidata del consenso global, mientras que Grossi sería percibido como un emisario de una Argentina cada vez más aislada en la escena internacional.
Rafael Grossi y la apuesta argentina bajo el signo de Milei
La candidatura de Rafael Grossi representa un giro significativo en la política exterior argentina. Si bien el país ya había tenido un secretario general con Javier Pérez de Cuéllar (peruano), la postulación de un argentino en el contexto actual es vista como una maniobra del presidente Javier Milei para reposicionar a su país en el mapa global. Grossi, un tecnócrata con una sólida trayectoria en el OIEA, cuenta con el respaldo implícito de sectores occidentales que valoran su gestión durante la crisis nuclear en Ucrania y su capacidad para negociar con potencias como Rusia e Irán. Sin embargo, su perfil choca directamente con la visión de Lula y López Obrador, quienes prefieren una figura más política y con sensibilidad social como Bachelet.
La rivalidad entre Milei y Lula, que ya se había manifestado en debates sobre la integración sudamericana, se ha intensificado ahora en la puja por la ONU. Para Milei, la elección de Grossi supondría un espaldarazo a su agenda ultraliberal y un reconocimiento a su postura crítica frente a los regímenes autoritarios. Por el contrario, para Lula, evitar que Grossi llegue al cargo es una cuestión de principios y de poder regional. Las fuentes consultadas indican que el equipo de campaña de Grossi ha intentado desmarcarse de la polarización, subrayando su neutralidad técnica, pero en los pasillos de la ONU ya se le identifica como el «candidato de Milei», lo que juega en su contra en los foros progresistas.
El factor Trump: alineamientos que dividen a la región
Un aspecto poco explorado pero crucial en esta disputa es cómo las posiciones frente a Donald Trump influyen en la carrera por la Secretaría General. Mientras Lula da Silva y el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, mantuvieron relaciones tensas con la administración Trump (con amenazas de aranceles y críticas mutuas), Javier Milei cultivó una cercanía ideológica visible con el exmandatario republicano. Incluso antes de su presidencia, Milei expresó admiración por Trump y adoptó su estilo confrontacional. Este contraste se refleja en las estrategias de campaña: Bachelet representa una continuidad del multilateralismo tradicional, mientras que Grossi es percibido como un puente hacia una posible vuelta de Trump al poder.
Las reuniones de los candidatos con delegaciones estadounidenses también han marcado diferencias. Según los reportes, el equipo de Bachelet ha evitado alinearse explícitamente con ningún partido político en EE.UU., buscando un perfil de estadista independiente. Por su parte, Grossi ha mantenido contactos con sectores republicanos que ven en él a un gestor eficiente y no ideológico. Sin embargo, esta estrategia podría resultar contraproducente si la administración de Joe Biden decide impulsar activamente la candidatura de Bachelet como parte de su agenda de género y derechos humanos. La puja, por tanto, no es solo por la silla de la ONU, sino por el rumbo que tomará la política internacional en un escenario pos-Biden.
México como actor clave y el peso del Grupo de Amigos
México ha desempeñado un papel de «fiel de la balanza» en esta contienda. La administración de López Obrador no solo ha respaldado a Bachelet, sino que ha trabajado activamente para sumar a otros países de América Latina y el Caribe, como Colombia bajo Gustavo Petro, y varios países del Grupo de los 77 más China. La Cancillería mexicana ha desplegado una intensa labor diplomática para presentar a Bachelet como la candidata de la «unidad latinoamericana», en contraposición a Grossi, quien representaría a una Argentina que se ha distanciado de sus vecinos bajo la gestión de Milei. Este esfuerzo incluye reuniones bilaterales con países africanos y asiáticos que son decisivos en la Asamblea General.
El peso de México es estratégico: el país presidió el Consejo de Seguridad en 2024 y ha demostrado capacidad para construir consensos en temas como la migración y el cambio climático. Al apostar por Bachelet, México busca además fortalecer su liderazgo regional y evitar que un gobierno considerado de ultraderecha como el de Milei coloque a un representante en la cúpula de la ONU. La alianza Brasil-México-Chile podría ser suficiente para inclinar la balanza, aunque la elección final requerirá un mínimo de dos tercios de los votos en la Asamblea General, lo que obliga a los candidatos a buscar apoyos fuera de la región, especialmente en Europa y Asia-Pacífico.
El pulso en los foros internacionales y las apuestas a futuro
La rivalidad se ha hecho evidente en los últimos foros multilaterales, como la Cumbre de la Celac y la Asamblea General de la ONU de 2025. En esas reuniones, Lula y López Obrador fueron vistos coordinando discursos para ensalzar la figura de Bachelet, mientras que Milei evitó los encuentros bilaterales con ellos y optó por reuniones con líderes de extrema derecha europea y con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. Esta dinámica ha polarizado aún más la elección, convirtiéndola en una suerte de plebiscito entre dos modelos de gobernanza global: uno más socialdemócrata y multilateralista, y otro más soberanista y técnico.
Las encuestas no oficiales entre diplomáticos indican que Bachelet lidera en intención de voto entre los países del Sur Global, mientras que Grossi tiene más fuerza en el bloque occidental y entre las delegaciones que priorizan la experiencia nuclear. Sin embargo, la elección es secreta y se espera que se defina en varias rondas durante mediados de 2026. Lo que queda claro es que esta contienda trasciende la ONU: es un reflejo de la fragmentación política de América Latina, donde las visiones opuestas de Lula y Milei ya no solo chocan en la economía o la integración regional, sino en la cima del sistema multilateral. La decisión final determinará si el organismo se inclina hacia una agenda de derechos humanos y justicia climática o hacia una gestión técnica y alineada con las potencias nucleares.
Conclusión: una sucesión que marcará el rumbo de la ONU
La carrera por la Secretaría General de la ONU se ha transformado en un termómetro de las tensiones ideológicas y geopolíticas que atraviesan América Latina. Brasil y México han unido fuerzas para impulsar a Michelle Bachelet, en un intento de evitar que Rafael Grossi, el candidato de Javier Milei, llegue al cargo. Esta disputa no solo refleja la rivalidad personal entre Lula y Milei, sino que también expone los alineamientos globales divergentes en temas como la relación con Estados Unidos, la gestión de la energía nuclear y el rol de los organismos multilaterales. La elección final, prevista para el próximo año, definirá si la ONU retoma un liderazgo progresista con raíces en los derechos humanos o gira hacia una gestión más técnica y cercana a las potencias conservadoras. Lo cierto es que el tablero ya está movido, y el resultado será leído como una victoria o derrota de dos modelos de gobernanza regional que pugnan por imponer su visión del mundo.
Mientras los diplomáticos negocian en los pasillos de Nueva York, los presidentes sudamericanos apuestan su capital político en esta partida. La decisión no solo afectará la agenda global de los próximos cinco años, sino que también redefinirá el peso de América Latina en el tablero internacional. La historia, una vez más, se juega en las urnas secretas de la Asamblea General.

