Balotaje en Perú: el voto del rechazo y el miedo define la elección

El balotaje del rechazo: una elección marcada por el miedo y la negación

“No será una elección de ideologías, sino de ‘antis’; una elección del rechazo y el miedo”, sintetiza un analista consultado por El Comercio. Esta frase describe con precisión el escenario que se abre rumbo al balotaje del próximo 7 de junio en Perú. Tras la proclamación oficial de los resultados de la primera vuelta, realizada el 17 de mayo, quedó confirmada la segunda vuelta entre Keiko Fujimori (Fuerza Popular) y Roberto Sánchez (Juntos por el Perú). Ambos candidatos avanzaron con un respaldo que, sumado, apenas supera un tercio del electorado. El resto del país votó por otras opciones o se inclinó por el ausentismo, dejando un mapa fragmentado donde el voto útil será, en realidad, un voto en contra. Este artículo analiza los desafíos de ambos aspirantes para captar a un electorado disperso y desencantado, en una contienda donde la ideología ha cedido paso a la emocionalidad del rechazo.

El fenómeno del «voto antis»: cuando la negación define la campaña

El concepto de “voto antis” se ha instalado como el eje central de esta segunda vuelta. A diferencia de procesos electorales previos, donde las propuestas programáticas ocupaban un lugar relevante, aquí el motor principal es la aversión hacia el candidato contrario. Los analistas coinciden en que la mayoría de los peruanos que votaron en primera vuelta por opciones distintas a Fujimori y Sánchez —desde el centro liberal hasta la izquierda radical— no elegirán al menos malo, sino al que menos temor les genere. Este fenómeno no es nuevo en América Latina, pero en Perú adquiere una intensidad particular debido a la profunda polarización que arrastra desde hace décadas.

El miedo se ha convertido en un catalizador político. Por un lado, el rechazo al fujimorismo moviliza a sectores que lo asocian con autoritarismo y corrupción; por otro, el temor a una gestión de izquierda radical, representada por Sánchez, genera resistencia en el empresariado y las clases medias. En este contexto, las estrategias de campaña se centran no en conquistar, sino en demonizar al rival. Los equipos de ambos candidatos han intensificado mensajes que buscan exacerbar los miedos de los votantes, dejando de lado debates sustanciales sobre economía o educación. La consecuencia es una elección que, como señala el analista, se define por la negación más que por la afirmación.

Keiko Fujimori: el reto de despegarse de su sombra histórica

Keiko Fujimori llega al balotaje con una base electoral sólida pero limitada. Su votación en primera vuelta, cercana al 20%, refleja el núcleo duro del fujimorismo, pero también muestra un techo difícil de romper. El principal desafío de la candidata de Fuerza Popular es captar el voto de quienes la rechazan frontalmente. Para ello, intenta presentarse como una opción moderada y de orden, pero su pasado familiar y los casos de corrupción que envuelven a su partido —como el escándalo Odebrecht— pesan como una losa. Los sectores liberales y de centro que votaron por candidatos como Hernando de Soto o Julio Guzmán la ven con desconfianza.

La estrategia de Keiko apunta a dos frentes. Primero, busca el voto del miedo: pintar a Sánchez como una amenaza radical que pondría en riesgo la estabilidad económica. Segundo, intenta un acercamiento a los votantes de derecha y centro-derecha que no la apoyaron en primera vuelta, prometiendo continuidad de las políticas de mercado y mano dura contra la inseguridad. Sin embargo, el analista consultado advierte que “el voto anti-Keiko es más intenso que el voto anti-Sánchez”, lo que coloca a la candidata en una posición defensiva. Su éxito dependerá de si logra convencer a un electorado que mayoritariamente la ha rechazado desde 2011.

Roberto Sánchez: el dilema de la izquierda entre la pureza y la pragmática

Roberto Sánchez, el candidato de Juntos por el Perú, enfrenta un desafío inverso pero igualmente complejo. Con un respaldo inicial de alrededor del 15%, su base es ideológicamente más homogénea, pero numéricamente más pequeña. Su principal problema es ampliar el apoyo más allá de la izquierda militante y de los sectores que votaron por candidatos como Verónika Mendoza o incluso por el propio Pedro Castillo en 2021. Sánchez representa una izquierda moderada y dialogante, pero arrastra el estigma de ser percibido como parte de un bloque radical por una parte significativa del electorado.

Para conquistar el voto disperso, Sánchez intenta apelar a la memoria histórica del antifujimorismo. Su discurso se centra en la necesidad de superar el legado autoritario de la década de 1990 y en construir un país más igualitario. Sin embargo, el temor a la incertidumbre económica y a una posible radicalización —algo que muchos asocian con la gestión de Castillo— juega en su contra. El reto de Sánchez es doble: debe motivar a los votantes de izquierda que se quedaron en casa en primera vuelta y, al mismo tiempo, seducir a los sectores de centro que desconfían de su partido. La clave estará en si logra presentar una propuesta que no asuste y que ofrezca garantías de gobernabilidad.

El voto disperso: la gran incógnita del balotaje

La primera vuelta dejó un mapa electoral extremadamente fragmentado. Ningún candidato superó el 25% de los votos válidos, y más del 60% del electorado se distribuyó entre otras siete opciones o en votos nulos y blancos. Este “voto disperso” es el verdadero campo de batalla del balotaje. Los analistas señalan que la mayoría de estos votantes no se sienten representados ni por Keiko ni por Sánchez, y su decisión final estará guiada más por el rechazo que por la convicción.

Según la investigación de El Comercio, los votantes de Hernando de Soto (liberal) y de Julio Guzmán (centro) son los más codiciados. Ambos grupos comparten un perfil pragmático y anti extremista. Sin embargo, su tendencia natural es inclinarse hacia la opción que consideren menos riesgosa. Aquí surge una paradoja: mientras que los seguidores de De Soto podrían ver en Keiko una continuidad de las políticas promercado, el antikirchnerismo latente y el rechazo al fujimorismo histórico los empujan hacia Sánchez. La incógnita es cómo se resolverá esta tensión en las urnas.

“No será una elección de ideologías, sino de ‘antis’; una elección del rechazo y el miedo”, incidió uno de los analistas consultados para este reportaje.

La abstención y la fatiga electoral: el tercer jugador en la contienda

Un factor que puede ser determinante es la abstención. Perú tiene voto obligatorio, pero las multas son bajas y la desafección política es alta. En primera vuelta, más del 25% del padrón electoral no acudió a las urnas. Este grupo de “desencantados” podría crecer en segunda vuelta si los ciudadanos perciben que votar por uno u otro candidato es equivalente a elegir entre dos males. Los analistas advierten que la fatiga electoral es un fenómeno real, especialmente en un contexto de crisis política recurrente y de promesas incumplidas.

Keiko Fujimori y Roberto Sánchez necesitan urgentemente movilizar a sus bases y, al mismo tiempo, reducir la abstención entre sus potenciales electores. Sin embargo, el discurso del miedo puede tener un efecto contraproducente: si ambos candidatos satanizan demasiado al rival, pueden generar un clima de angustia que lleve a los votantes a la parálisis. Las encuestas de intención de voto muestran una alta volatilidad, con un porcentaje significativo de indecisos que podría decantarse por el ausentismo. En este escenario, el verdadero ganador podría ser la abstención, dejando a un presidente electo con una legitimidad de origen mínima.

Conclusiones: entre la polarización y la incertidumbre

El balotaje peruano del 7 de junio se perfila como una elección atípica, donde las ideas ceden paso a las emociones negativas. La frase del analista que abre este artículo resume la esencia de la contienda: los peruanos no votarán por un proyecto de país, sino en contra de un candidato que les genera rechazo. Keiko Fujimori y Roberto Sánchez enfrentan el enorme reto de captar un voto disperso que no les pertenece, en un clima de desconfianza mutua y fatiga política. La fragmentación del electorado y la elevada abstención son las sombras que acompañan a este proceso. El resultado final dependerá de qué candidato logre aglutinar mejor el “voto antis” y de cuántos ciudadanos decidan no participar. En cualquier escenario, el próximo presidente asumirá con una legitimidad frágil, reflejo de una sociedad peruana profundamente dividida que, más que elegir, rechaza.