Roberto Sánchez: entre la máscara democrática y la sombra autoritaria en Perú

El ascenso de Roberto Sánchez: entre la máscara democrática y la sombra autoritaria

Roberto Sánchez ha logrado colocarse como una alternativa de gobierno para la segunda vuelta electoral en Perú, levantando una bandera de renovación que, sin embargo, esconde pliegues inquietantes. Su campaña, construida sobre un discurso que apela a la justicia social y la defensa de los más vulnerables, parece cada vez más una fachada para un proyecto personal que, lejos de transparentarse, se nutre de alianzas y gestos que ponen en entredicho su compromiso democrático. No se trata solo de hipocresía política, un mal endémico en cualquier democracia; lo que emerge de su trayectoria reciente es un cinismo calculado, una estrategia que reedita los peores vicios del poder presidencial.

Juan Paredes Castro, en su columna para El Comercio Perú, ha señalado con claridad la existencia de una «agenda oculta» que podría reeditar el plan encubierto que llevó a Pedro Castillo a poner en jaque la democracia. La pregunta no es si Sánchez tiene intenciones golpistas, sino hasta dónde está dispuesto a llegar para consolidar un poder que, según el columnista, no comparte ni siquiera con sus círculos más íntimos. Este vacío de transparencia es precisamente el caldo de cultivo para que el autoritarismo se disfrace de participación popular.

Las piruetas democráticas: un baile de contradicciones

La trayectoria política de Roberto Sánchez está marcada por un constante reacomodo discursivo. Ha sabido presentarse como un outsider que desafía al sistema, pero al mismo tiempo ha hecho guiños a sectores que históricamente han militado en contra de las instituciones democráticas. Un ejemplo de ello es su reivindicación del golpismo de Pedro Castillo, un hecho que no solo ha sido documentado por diversos medios, sino que ha sido denunciado abiertamente por congresistas como Alejo Munante, quien ha señalado que Sánchez «lleva entre sus filas a firmantes del MOVADEF», la agrupación vinculada a la extinta organización terrorista Sendero Luminoso.

Estas contradicciones no son simples errores de cálculo político, sino movimientos coreografiados para ganar votos en un electorado polarizado. Mientras promete transparencia y diálogo, como se aprecia en un video de Instagram donde asegura estar a favor de cualquier debate de cara a la segunda vuelta, su entorno y su pasado lo atan a prácticas que recuerdan más a un caudillo autoritario que a un demócrata moderno. La pregunta clave es: ¿cuánto de esa defensa del debate es genuina y cuánto es una maniobra para desviar la atención de sus conexiones más oscuras?

La sombra de Castillo y el legado del «Plan de Gobierno» traicionado

El fantasma de Pedro Castillo persigue la campaña de Sánchez no como una simple coincidencia ideológica, sino como una advertencia histórica. Castillo llegó al poder con un discurso similar de cambio radical y soberanía popular, pero en menos de dieciocho meses intentó un autogolpe que colapsó la institucionalidad del país. Sánchez, lejos de distanciarse de esa experiencia fracasada, la ha reivindicado en foros y entrevistas, según reporta CNN en Español, donde se le describe como «el izquierdista que se enfrenta a… [la continuidad del sistema]» y que basa su propuesta en reivindicar al detenido expresidente.

Esta reivindicación no es meramente simbólica. Representa la aceptación tácita de un método político que considera legítimo el uso de mecanismos no democráticos cuando se está en el poder. Si Sánchez llegara a la presidencia, la reedición de ese plan encubierto no sería una sorpresa, sino la consecuencia lógica de una campaña que nunca terminó de condenar el golpismo de su predecesor. La columna de Paredes Castro en El Comercio ya lo advierte: «esto que ya pasó con Castillo podría reeditarse con Sánchez».

Acusaciones de plagio y la erosión de la credibilidad

Mientras la agenda política y las alianzas ideológicas generan debate, la campaña de Sánchez ha sido golpeada por una controversia que, aunque parece menor, revela mucho sobre su método: el plagio. Un video de YouTube difundido recientemente documenta cómo el candidato de Juntos por el Perú habría utilizado fragmentos enteros de discursos y documentos de otras campañas sin atribución alguna. La controversia, a pocos días de las elecciones, no es un simple error de equipo: muestra una falta de escrúpulos que es coherente con el cinismo señalado al inicio del artículo.

El plagio no solo afecta su imagen de originalidad, sino que pone en duda la autoría de su propia propuesta política. Si Sánchez no puede producir un discurso propio sin copiar a otros, ¿qué esperar de la construcción de un plan de gobierno complejo? La campaña se ha defendido con vaguedades, pero el daño está hecho. La credibilidad, uno de los activos más frágiles en política, se ha erosionado aún más, y la pregunta que flota en el ambiente es si los votantes están dispuestos a ignorar estas evidencias en aras de un cambio que podría ser tan peligroso como el que se dice combatir.

El círculo íntimo: firmantes del MOVADEF y la normalización del extremismo

Uno de los hallazgos más perturbadores en la investigación sobre Roberto Sánchez es la presencia de firmantes del MOVADEF en su entorno político. Según la denuncia del congresista Alejo Munante, difundida en Facebook, Sánchez no solo reivindica a Castillo, sino que «lleva entre sus filas a firmantes del MOVADEF», un hecho que normaliza la participación de sectores vinculados al terrorismo en la política peruana. Esta conexión no puede considerarse una casualidad o un error de filtrado en la lista de militantes; es una decisión estratégica de no romper con esos apoyos, incluso a costa de su propia imagen democrática.

Este eslabón es crucial para entender el proyecto personal oscuro que se esconde detrás de la campaña de Sánchez. No se trata de un político que busque unir al país, sino de un líder que está dispuesto a tejer alianzas con los sectores más radicales para alcanzar el poder. En un país que aún sangra por las heridas del conflicto armado interno, la presencia de firmantes del MOVADEF en un equipo presidencial es una línea roja que muchos votantes no están dispuestos a cruzar. Sin embargo, Sánchez parece haber apostado a que el deseo de cambio prime sobre la memoria histórica.

La denuncia de conspiración: un clásico manual autoritario

Ante las críticas y los escándalos, la respuesta de Roberto Sánchez ha sido predecible: denunciar una conspiración en su contra. En el reel de Instagram citado, el candidato asegura que está a favor de cualquier debate y que las acusaciones en su contra forman parte de una campaña de desprestigio. Esta estrategia, vieja como la política misma, busca victimizar al candidato y desviar la atención de las evidencias concretas que lo vinculan con el golpismo y el extremismo. Es una táctica que funciona especialmente bien en contextos de alta polarización, donde una parte del electorado está dispuesta a creer que todo es parte de un complot del «establishment».

Sin embargo, esta misma denuncia de conspiración revela un patrón autoritario: la incapacidad de aceptar críticas legítimas y la tendencia a cerrar filas contra cualquier oposición. Si Sánchez ya está hablando de conspiraciones antes de llegar al poder, ¿cómo actuará cuando enfrente una oposición real desde el Congreso o desde la prensa? El mensaje es claro: no habrá espacio para la discrepancia, sino una lucha constante contra supuestos enemigos internos. De esta manera, la máscara democrática que tanto ha esculpido comienza a resquebrajarse, dejando ver el rostro de un proyecto político que valora más el control que la libertad.

Conclusión: la democracia como escenario, no como compromiso

La campaña de Roberto Sánchez, bajo el barniz de una alternativa de renovación, esconde un proyecto político que se alimenta del cinismo y la ambigüedad. Sus piruetas democráticas —desde reivindicar el golpismo de Castillo hasta rodearse de firmantes del MOVADEF— no son errores de cálculo, sino decisiones estratégicas que revelan un desprecio profundo por las reglas del juego democrático. Las evidencias de plagio, las denuncias de conspiración y la normalización del extremismo dibujan el perfil de un líder que ve la democracia no como un fin, sino como un medio para alcanzar un poder personal oscuro, ni siquiera compartido con sus más íntimos. Para el electorado peruano, la decisión en la segunda vuelta no es entre dos opciones de gobierno, sino entre la institucionalidad democrática y un salto al vacío con pasaje de ida hacia el autoritarismo encubierto.