Hallazgo fortuito y una inquietante llamada: El incidente de las actas en San Borja
Un día después de las cruciales elecciones generales de 2026, un descubrimiento casual en el distrito limeño de San Borja encendió las alarmas sobre la seguridad del material electoral. Una ciudadana encontró, en un local de votación ya desalojado, un lote de actas electorales rotuladas por colores, documentos fundamentales donde se registran los resultados de mesa. Su acción cívica de entregarlas a la Policía Nacional se vio seguida por un giro inquietante: según su testimonio oficial, recibió una llamada donde una voz anónima le indicó que dichas actas se habían «extraviado». Este episodio, denunciado ante la comisaría de San Borja, plantea serias preguntas sobre la cadena de custodia y genera desconfianza en un proceso electoral recién concluido.
El relato detallado: De la basura a la comisaría
Según la cobertura de medios como Diario El Comercio y Pressreader, la ciudadana se topó con las actas en circunstancias que de por sí son irregulares. Los documentos no se encontraban bajo llave o resguardo, sino en un estado de aparente abandono dentro del local usado como centro de votación. Las actas presentaban una característica clave: estaban rotuladas o marcadas con colores, un sistema utilizado por los órganos electorales para diferenciar tipos de actas (por ejemplo, de elección presidencial, congresal, entre otras).
La persona, reconociendo la importancia del hallazgo, procedió a llevarlas directamente a la comisaría de San Borja para formalizar la entrega y dejar constancia. Este paso inicial fue correcto y busca proteger la integridad del material. Sin embargo, la secuencia de eventos no terminaría allí, dando pie a la parte más oscura y especulativa del incidente, que sería revelada en su declaración policial.
La llamada anónima y la sombra del «extravío»
El núcleo de la controversia y lo que transforma un hallazgo en una presunta irregularidad es el testimonio sobre la llamada telefónica. Después de haber realizado la entrega a las autoridades, la ciudadana declaró que fue contactada por un interlocutor no identificado quien, con conocimiento del caso, le informó que esas actas en particular estaban dadas por perdidas. Esta comunicación suscita inmediatas interrogantes: ¿Quién hizo esa llamada y cómo obtuvo el número de la findora? ¿Qué interés habría en comunicar ese «extravío» a quien encontró los documentos?
Esta situación genera dos lecturas preocupantes. La primera es la posibilidad de una negligencia grave en la logística de traslado y almacenamiento del material sensible, donde un paquete de actas pudo ser literalmente olvidado. La segunda, y más grave, abre la puerta a la especulación sobre una intencionalidad detrás del hecho, buscando tal vez que esos votos no fueran contabilizados o para crear un clima de descrédito. La pregunta ciudadana, reflejada en redes sociales, es directa: «¿Están contabilizados esos votos?».
Un patrón de desprotección: Incidentes similares en Lima
El caso de San Borja no es un hecho aislado en el contexto post-electoral de 2026. Reportes paralelos indican que la vulnerabilidad del material electoral fue una constante. Un informe desde Lima, difundido en plataformas como YouTube, detalló una polémica por cajas con actas abandonadas en el sureste de la capital. Ciudadanos denunciaron haber encontrado cuatro cajas de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) junto a un contenedor de basura.
Estos incidentes paralelos refuerzan la percepción de un problema sistémico en la fase final del proceso: la recolección y el traslado seguro de las actas desde las mesas de sufragio hasta los centros de cómputo. Cada uno de estos hallazgos en la vía pública, ya sea en San Borja o en otros distritos, mina la confianza en que todos los votos emitidos hayan sido efectivamente custodiados y escrutados, y expone fallas críticas en los protocolos de la autoridad electoral.
Respuesta y silencios: Las autoridades ante la denuncia
Frente a la denuncia interpuesta, corresponde a la Policía Nacional y al Ministerio Público iniciar las investigaciones para determinar si hubo delito, como posible negligencia, alteración de documentos públicos o incluso obstrucción a la función electoral. Por otro lado, los organismos electorales, la ONPE y el Jurado Nacional de Elecciones (JNE), tienen la obligación de pronunciarse y aclarar públicamente el estatus de esas actas.
Hasta el momento, la información pública se limita al hecho denunciado. La ciudadanía espera respuestas contundentes: ¿Esas actas ya habían sido digitalizadas y contabilizadas antes de «perderse»? ¿Los resultados publicados por la ONPE las incluyen? La falta de transparencia inmediata y comunicación clara por parte de las entidades responsables alimenta la desconfianza y permite que el relato se construya en las redes sociales, donde el incidente, como se vio en publicaciones de Instagram y Facebook, ya se ha viralizado y se discute acaloradamente.
Implicancias para la democracia: Más allá de un simple extravío
La importancia de las actas electorales es primordial. Son el documento físico original y legalmente vinculante del resultado de una mesa de sufragio. Su pérdida o mala manipulación, incluso si los datos ya fueron transmitidos digitalmente, debilita la posibilidad de realizar auditorías o impugnaciones posteriores con soporte material. Este incidente, por tanto, trasciende el anécdota y toca un pilar democrático: la certeza y preservación del voto.
Cuando ciudadanos comunes encuentran este material vital desprotegido, el mensaje que reciben es que su voto, el acto más fundamental de participación, pudo no haber sido tratado con el rigor y respeto que merece. Esto erosiona la legitimidad misma del proceso y da argumentos a quienes predican escepticismo sobre los sistemas electorales. Garantizar la cadena de custodia no es un tecnicismo, es una obligación democrática.
Conclusión: Una herida a la confianza que exige respuestas claras
El hallazgo de actas rotuladas en San Borja y la subsiguiente llamada anónima sobre su extravío constituyen un episodio grave que encapsula varias fallas del proceso post-electoral 2026. Revela potenciales grietas en la logística de la ONPE, sugiere una desprotección inaceptable del material sensible y, sobre todo, inflige una herida a la confianza pública. La reacción ciudadana, ejemplificada en la denuncia inmediata y la preocupación en redes sociales, muestra un saludable ejercicio de vigilancia, pero también una alarma justificada.
Para cerrar este capítulo de manera que fortalezca y no debilite la institucionalidad, se requiere una investigación expedita y transparente por parte del Ministerio Público, y una comunicación clara y detallada por parte del JNE y la ONPE. La democracia no solo se gana en las urnas, sino que se preserva en la capacidad de garantizar que cada voto, plasmado en cada acta, sea custodiado, contado y respetado sin sombra de duda. El incidente de San Borja es un recordatorio urgente de ese principio.

