El diagnóstico de Amprimo: Caudillismo y fragmentación política
En un análisis contundente durante una mesa redonda organizada por el diario El Comercio, el reconocido constitucionalista Natale Amprimo puso el dedo en la llaga de uno de los males históricos del Perú. Su afirmación central es que el caudillismo es la fuerza subyacente que explica la inusual cifra de 35 candidatos presidenciales que compitieron en las últimas elecciones generales. Esta observación no es un simple comentario coyuntural, sino un diagnóstico profundo sobre la naturaleza del sistema político peruano, que prioriza figuras individuales sobre instituciones y proyectos colectivos sólidos.
Amprimo, cuya opinión fue recogida en un video por el propio medio, vincula directamente este fenómeno cultural con una reforma legal específica. Señala que, desde el año 2019, se permitió la formación de partidos políticos con requisitos mínimos, una medida que, en su perspectiva, institucionalizó y facilitó la fragmentación basada en liderazgos personales. Este marco legal habría creado el caldo de cultivo perfecto para que el caudillismo, una práctica arraigada, se exprese en una oferta electoral atomizada y, muchas veces, efímera.
El caudillismo: Una raíz histórica profunda
Cuando Amprimo se refiere al caudillismo como el «gran problema histórico» del Perú, alude a un patrón de comportamiento político que se remonta a los primeros años de la República. El caudillismo se caracteriza por la concentración del poder y la lealtad en torno a una figura carismática o fuerte, por encima de las ideologías, los programas de gobierno o las estructuras partidarias institucionalizadas. Este modelo ha generado una política de cortoploplazo y personalista, donde los proyectos de país quedan supeditados a los intereses y la supervivencia del líder de turno.
Este fenómeno ha impedido el desarrollo de un sistema de partidos estable, donde las organizaciones políticas trasciendan a sus fundadores y se basen en doctrinas y mecanismos internos democráticos. La consecuencia es una volatilidad electoral crónica, donde los ciudadanos, desencantados con las opciones tradicionales, buscan constantemente nuevas figuras «salvadoras», perpetuando así el ciclo. La proliferación de candidatos en cada elección es la manifestación más clara y contemporánea de esta dinámica perniciosa.
El punto de inflexión: La reforma legal de 2019
El análisis del constitucionalista adquiere una dimensión concreta al señalar un cambio legislativo clave. Amprimo recuerda que, anteriormente, para formar un partido político se exigía reunir firmas equivalentes al 1% del padrón electoral, una cifra que en su momento representaba aproximadamente 700 mil adhesiones. Este umbral, aunque alto, obligaba a una cierta capacidad de movilización y representación social mínima antes de acceder a la contienda electoral nacional.
Sin embargo, en 2019 este requisito se modificó radicalmente, bajando el listón a solo 25 mil adherentes. Esta reforma, posiblemente bienintencionada para fomentar la participación, tuvo un efecto no deseado según la tesis de Amprimo: facilitó la creación de vehículos electorales personales. Un caudillo con un apoyo regional modesto o con capacidad de movilizar un grupo reducido pero leal, podía ahora crear su propia «marca» política sin necesidad de construir consensos amplios o integrarse a estructuras partidarias más grandes y programáticas.
“El gran problema histórico” del Perú continúa siendo el caudillismo y esto es lo que ha llevado a que en esta elección general se tengan 35 candidatos presidenciales.
Consecuencias: Un sistema político atomizado y débil
La combinación del sustrato cultural caudillista y un marco legal permisivo ha derivado en un panorama político fragmentado. La presencia de 35 candidaturas presidenciales no es solo un dato curioso; es un síntoma de debilidad institucional grave. Esta atomización dispersa el voto, dificulta la formación de mayorías claras en el Congreso y, una vez terminadas las elecciones, complica enormemente la gobernabilidad. El presidente electo a menudo debe negociar con una miríada de micro-bancadas con intereses particulares, muchos de ellos centrados en preservar el espacio de su líder.
Además, esta dinámica devalúa la política. La campaña se centra en la personalidad del candidato, en promesas simples y, con frecuencia, en ataques personales, en detrimento del debate sobre propuestas de Estado serias y de largo alcance. Los partidos se convierten en plataformas desechables, lo que impide que la ciudadanía les rinda cuentas basándose en una trayectoria y un ideario conocido, generando desconfianza y apatía.
Impacto en la gobernabilidad democrática
Un sistema plagado de caudillos y partidos efímeros tiene un costo directo para la democracia y el desarrollo del país. La inestabilidad gubernamental se vuelve la norma, ya que es casi imposible construir coaliciones estables y programáticas con una oferta política tan dispersa. Esta inestabilidad se traduce en cambios frecuentes de ministros, políticas públicas discontinuas y una incapacidad para enfrentar los desafíos estructurales del Perú con una visión de Estado.
La relación entre el Ejecutivo y el Legislativo se vuelve un campo de batalla constante, donde la negociación no se basa en programas sino en cuotas de poder y favores. Este entorno, como ha sido evidente en los últimos años, alimenta crisis políticas recurrentes, ahuyenta la inversión y desgasta la ya frágil confianza de los ciudadanos en sus instituciones. El caudillismo, por tanto, no es solo un problema electoral, sino un obstáculo fundamental para la gobernanza democrática efectiva.
¿Hay salida? Reflexiones hacia una reforma integral
Frente a este diagnóstico, surge la pregunta inevitable sobre las posibles soluciones. La reflexión de Natale Amprimo implícitamente llama a una reforma integral del sistema político. Esto no significa necesariamente volver al requisito del 1%, pero sí plantea la urgencia de repensar los incentivos legales para fortalecer a los partidos como instituciones y desincentivar el personalismo. Algunas propuestas que circulan en el debate público incluyen la implementación de primarias obligatorias y abiertas, umbrales de desempeño electoral para mantener la inscripción, y una mayor fiscalización sobre el origen y uso de los fondos de los partidos.
El objetivo final debe ser transitar de una democracia de caudillos a una democracia de partidos. Esto requiere, además de cambios normativos, un compromiso de la clase política y un electorado que premie las propuestas programáticas sobre el carisma vacío. Es un cambio cultural y legal de largo aliento, pero necesario para romper con el «problema histórico» que limita el futuro del país.
Conclusión: Un llamado a fortalecer las instituciones
El análisis del constitucionalista Natale Amprimo, difundido por El Comercio, ofrece una clave fundamental para entender la crisis política peruana recurrente. El caudillismo, exacerbado por una reforma legal que bajó drásticamente los requisitos para formar partidos, ha creado un sistema hiper-fragmentado donde proliferan candidaturas personales y donde la construcción de proyectos políticos sólidos y colectivos se vuelve una tarea casi imposible. Esta realidad no solo distorsiona las elecciones, sino que mina la gobernabilidad y la capacidad del Estado para dar respuestas estables a la ciudadanía.
Superar este patrón histórico exige una reflexión profunda y valiente. Se necesita un marco legal que incentive la organicidad, la transparencia y la durabilidad de los partidos políticos, transformándolos en verdaderos instrumentos de representación y no en meras plataformas electorales personales. El camino hacia una democracia más madura y estable en el Perú pasa, inexorablemente, por enterrar el caudillismo y construir, en su lugar, instituciones políticas fuertes y confiables.

