La enfermedad política que la incertidumbre electoral ha desnudado en el Perú
La actual incertidumbre en torno al desenlace de la segunda vuelta electoral ha desnudado viejos lastres políticos y sociales que arrastramos como sociedad. Para algunos, esto podrá resultar una obviedad, pero vale la pena reseñarlos por si la situación mejora. Es que soñar no cuesta nada. El proceso electoral de 2026, con su seguidilla de denuncias, maniobras y demoras, ha revelado una crisis sistémica que va más allá de los candidatos. Como advierte José Carlos Requena en El Comercio, «el Perú está enfermo». Este artículo analiza las raíces de esa enfermedad, el papel de las autoridades electorales, el impacto en las inversiones y las señales de una ciudadanía que aún busca una salida.
Un sistema político quebrado: la herencia de décadas de desconfianza
La incertidumbre que rodea la segunda vuelta no es un accidente ni un capricho de última hora. Es la manifestación de un sistema político que lleva años descomponiéndose. La fragmentación partidaria, la corrupción endémica y la débil institucionalidad han creado un caldo de cultivo donde cada proceso electoral se convierte en una crisis. Como señala José Carlos Requena, el Perú arrastra «lastres como la informalidad, el clientelismo y la falta de representación genuina». Estos males no se resuelven con un cambio de gobierno, sino que requieren una transformación profunda del pacto social.
El conteo rápido de Datum, que llevó a Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga a la segunda vuelta, evidenció una polarización que no es nueva. Sin embargo, la forma en que se ha gestionado el proceso —con denuncias de fraude, impugnaciones y una lentitud exasperante— ha profundizado la brecha entre la ciudadanía y las autoridades. La pregunta que flota en el aire es si las instituciones están a la altura de lo que exige la democracia o si, por el contrario, forman parte del problema.
El JNE y el desvío del cauce democrático
El presidente del Jurado Nacional de Elecciones (JNE), Roberto Burneo, ha sido una figura central en esta tormenta. En declaraciones recogidas por el diario Expreso, Burneo admitió que «la segunda vuelta viene siendo desviada de su cauce democrático mediante maniobras». Esta declaración, lejos de tranquilizar, encendió las alarmas. Si la máxima autoridad electoral reconoce que el proceso se está torciendo, ¿qué garantía queda para el ciudadano de a pie?
El reconocimiento del JNE no es un mero comentario; es una señal de que las reglas del juego están siendo vulneradas. Las maniobras a las que se refiere Burneo incluyen desde la difusión de información falsa hasta presiones sobre los órganos electorales. Este clima de desconfianza no solo empaña la legitimidad del ganador, sino que siembra la semilla de futuros conflictos. La democracia peruana, frágil como es, no soporta otro golpe de esta magnitud.
Inversiones en el limbo: el costo económico de la incertidumbre
La incertidumbre electoral no solo afecta a la política; tiene un impacto directo y mensurable en la economía. Según reportó #LaGazzetta desde Arequipa, «con la incertidumbre generada con estos candidatos para la segunda vuelta, podría quedar en el limbo el proyecto minero; se perdería la inversión». Esta advertencia no es aislada. Cuando los inversores nacionales y extranjeros observan un sistema electoral que no ofrece garantías, prefieren esperar o buscar destinos más estables.
Los proyectos mineros, que son clave para la economía peruana, se encuentran particularmente expuestos. La paralización de inversiones no solo significa pérdida de empleos, sino también un retroceso en el desarrollo regional. A esto se suma la desconfianza en la capacidad del Estado para hacer cumplir los contratos y mantener un marco regulatorio predecible. La incertidumbre electoral se convierte así en un lastre que frena el crecimiento y perpetúa la pobreza.
Viejos lastres que la pandemia y la crisis política agravaron
Los problemas que hoy se hacen evidentes no son nuevos, pero la pandemia y la sucesión de crisis políticas los han agravado. La informalidad laboral, que afecta a más del 70% de la fuerza laboral, convive con un sistema de salud colapsado y una educación que no logra cerrar las brechas. La segunda vuelta electoral ha actuado como un espejo que refleja estas carencias, pero también la falta de líderes capaces de proponer soluciones estructurales.
El voto, en lugar de expresar una preferencia ideológica, se ha convertido en un acto de rechazo o de miedo. La ciudadanía elige entre males menores, mientras los problemas reales —la inseguridad ciudadana, la falta de oportunidades, la corrupción— quedan sin respuesta. La política peruana, atrapada en el cortoplacismo, no logra mirar más allá del próximo proceso electoral. Romper este ciclo requiere no solo de nuevas caras, sino de un cambio en la forma de hacer política.
La ciudadanía como último dique: soñar no cuesta nada
En medio de este panorama desolador, hay un espacio para la esperanza. La misma ciudadanía que ha visto desfilar gobiernos corruptos e incapaces sigue movilizándose, exigiendo transparencia y demandando rendición de cuentas. Como señala la nota editorial de Lampadia, «por decisión ciudadana» el Perú puede tomar otro rumbo. Soñar no cuesta nada, pero materializar ese sueño exige una participación activa y constante.
Las organizaciones de la sociedad civil, los movimientos ciudadanos y las plataformas de vigilancia electoral han jugado un papel crucial para que el proceso no se desvíe por completo. Sin embargo, la responsabilidad no recae solo en ellos. Cada peruano tiene la obligación de informarse, de denunciar irregularidades y de exigir que las instituciones cumplan su rol. La democracia no es un regalo; es una construcción colectiva que requiere el esfuerzo de todos.
El rol de los medios y la desinformación en la crisis electoral
Un factor que ha contribuido a la incertidumbre es la proliferación de desinformación en las redes sociales y, en algunos casos, en medios tradicionales. La viralización de noticias falsas sobre robos de actas, manipulaciones de votos y conspiraciones ha alimentado la desconfianza. Como denunció el JNE, estas maniobras buscan «desviar el cauce democrático» y sembrar el caos. Los medios de comunicación, tanto digitales como impresos, tienen la responsabilidad de verificar la información y no amplificar rumores.
El periodismo de investigación y la verificación de datos son herramientas clave para contrarrestar este fenómeno. Sin embargo, en un contexto donde la polarización es extrema, la objetividad se vuelve un bien escaso. Recuperar la confianza en la información es tan urgente como recuperar la confianza en las instituciones. La ciudadanía debe aprender a discriminar entre fuentes confiables y propaganda, un reto que la educación mediática debe abordar con urgencia.
Conclusión: una encrucijada que exige respuestas colectivas
La incertidumbre electoral que vivimos es un síntoma de una enfermedad más profunda que aqueja al Perú. Viejos lastres como la corrupción, la informalidad y la debilidad institucional se han agravado con la crisis política y la pandemia. Las autoridades electorales han reconocido que el proceso está siendo desviado, las inversiones están en riesgo y la ciudadanía observa con desencanto. Sin embargo, en medio de la tormenta, la participación activa de los ciudadanos y la exigencia de transparencia ofrecen una luz de esperanza. Soñar no cuesta nada, pero construir un país distinto requiere voluntad colectiva, reformas profundas y un compromiso genuino con la democracia. No se trata solo de quién gane la segunda vuelta, sino de si seremos capaces de aprender de esta crisis para no repetirla.

