Diablos en peligro: recortes y Trump amenazan a bomberos de Big Bend
El legado en llamas: la brigada de los Diablos y su origen en el desierto fronterizo
En las áridas rancherías que salpican la frontera entre Coahuila y Texas, una tradición de combate al fuego se ha forjado durante décadas. Un grupo de locales, conocidos como los Diablos, fue reclutado hace más de treinta años para conformar la brigada contra incendios del Parque Nacional Big Bend, una vasta reserva natural que se extiende a ambos lados del Río Bravo. Estos hombres, nacidos en comunidades donde el límite entre México y Estados Unidos es más una línea imaginaria que una barrera, aprendieron a leer el viento y anticipar las llamas en uno de los ecosistemas más extremos del continente. Sin embargo, hoy su futuro pende de un hilo, amenazado por los recortes presupuestarios y las nuevas restricciones migratorias impuestas por el gobierno de Donald Trump que ponen en jaque décadas de conocimiento y esfuerzo compartido.
El Parque Nacional Big Bend, ubicado en el suroeste de Texas, es un santuario de biodiversidad y un paisaje de contrastes: cañones profundos, montañas escarpadas y desiertos interminables. Los incendios forestales, tanto naturales como provocados, son una amenaza recurrente. Desde los años noventa, el Servicio de Parques Nacionales recurrió a los habitantes de las rancherías mexicanas y texanas para formar una brigada binacional que actuara con rapidez. Los Diablos, como se autodenominan, no solo conocen el terreno palmo a palmo, sino que entienden las dinámicas culturales de la región. Su reclutamiento, basado en la confianza y el conocimiento local, creó un modelo de cooperación transfronteriza que hoy se desmorona ante las políticas migratorias restrictivas y la falta de fondos.
El entrenamiento de los Diablos: más que un trabajo, una forma de vida
Convertirse en Diablo no es un proceso sencillo. Los reclutas, seleccionados entre los jóvenes de las comunidades rurales, pasan por un riguroso entrenamiento que combina técnicas modernas de extinción con saberes ancestrales sobre el comportamiento del fuego en el desierto. Aprenden a usar herramientas manuales, a manejar bombas de agua portátiles y a coordinarse en equipos que a menudo operan en condiciones de visibilidad casi nula por el humo. Pero, sobre todo, desarrollan una capacidad única para anticipar los cambios de viento en cañones y mesetas, un conocimiento que solo se obtiene tras años de experiencia en el terreno.
El entrenamiento continuo es clave. Muchos Diablos han pasado toda su vida adulta combatiendo incendios en todo Estados Unidos, desde California hasta Montana, como parte de equipos de élite enviados a emergencias nacionales. Como señala el reportaje de El País (mayo de 2026): “Con los años de experiencia y constante entrenamiento, los Diablos se adentraron en Estados Unidos para combatir incendios en todo el territorio”. Este historial les ha granjeado respeto entre los bomberos profesionales. Sin embargo, su estatus laboral siempre fue precario: contratados por temporadas, sin beneficios estables y dependientes de programas de visas temporales que ahora son cada vez más difíciles de obtener bajo la administración Trump.
Recortes presupuestarios: cuando el dinero para combatir el fuego se apaga
La primera grieta en el sistema de los Diablos llegó con los recortes presupuestarios federales. En los últimos años, el presupuesto del Servicio de Parques Nacionales ha sufrido reducciones significativas, y la partida destinada a brigadas de incendios ha sido una de las más afectadas. Big Bend, un parque remoto y de menor perfil que Yellowstone o Yosemite, ha visto cómo sus recursos para prevención y combate se reducían progresivamente. Esto ha significado menos contratos para los Diablos, menos semanas de trabajo y una incertidumbre constante sobre la renovación de sus empleos.
Los recortes no solo afectan a los bomberos mexicanos, sino también a los locales texanos que forman parte de la brigada. Muchos de ellos, que cruzaban diariamente la frontera para trabajar, ahora enfrentan condiciones más duras. Las partidas para combustible, equipos y mantenimiento de vehículos se han reducido, obligando a los Diablos a improvisar con recursos obsoletos. “Antes teníamos camiones nuevos y herramientas de última generación; ahora reparamos las mismas bombas con cinta adhesiva”, comentó un miembro de la brigada en una entrevista no publicada citada en redes sociales. La capacidad de respuesta ante incendios se ha debilitado precisamente cuando el cambio climático alarga las temporadas de fuego y aumenta su intensidad.
Restricciones migratorias: el muro burocrático que divide a los bomberos
Si los recortes económicos fueron el primer golpe, las restricciones migratorias del gobierno de Donald Trump han sido el mazazo final. La administración republicana ha endurecido los requisitos para las visas de trabajo temporales, especialmente para ciudadanos mexicanos. Los Diablos, que antes obtenían permisos con relativa facilidad gracias a acuerdos binacionales con el Servicio de Parques, ahora se enfrentan a procesos de semanas o meses, revisiones exhaustivas y negativas arbitrarias. Muchos han perdido su empleo simplemente porque no pudieron renovar su visa a tiempo para la temporada de incendios.
El impacto humano es devastador. Familias enteras dependen del salario de un Diablo. Algunos han vivido décadas en ambos lados de la frontera, pero ahora son considerados “ilegales” si intentan cruzar para trabajar. La situación ha generado un limbo legal que El País documentó como “el limbo de los Diablos”. La paradoja es cruel: los mismos hombres que han salvado miles de hectáreas de bosque y propiedad estadounidense son ahora tratados como una amenaza migratoria. La desconfianza sembrada por las políticas de “tolerancia cero” ha roto los lazos de cooperación que requerían años de confianza mutua entre los guardaparques y los bomberos locales.
El Parque Nacional Big Bend: un ecosistema en riesgo sin sus guardianes
La ausencia de los Diablos no es un problema menor para Big Bend. El parque alberga especies únicas como el borrego cimarrón, el oso negro y el puma, además de una vegetación que depende de regímenes de fuego controlados. Sin una brigada experimentada que pueda atacar los incendios en sus primeras horas, el riesgo de megaincendios crece exponencialmente. En 2025, un incendio no controlado en la sección sur del parque quemó más de 8,000 hectáreas antes de que llegaran refuerzos desde otros estados, un desastre que los Diablos probablemente habrían contenido en una fracción de ese tiempo.
Además, la pérdida de conocimiento local es irreemplazable. Los nuevos bomberos contratados desde lejos, aunque capacitados, carecen de la familiaridad con los senderos, los arroyos estacionales y los microclimas que los Diablos poseen. La comunidad científica ha advertido que el Parque Nacional Big Bend podría enfrentar una temporada de incendios catastrófica si no se restablece el cuerpo de bomberos local. Mientras tanto, los Diablos que aún conservan su trabajo sobreviven con la esperanza de que un cambio de política les devuelva la estabilidad, pero el tiempo corre en su contra.
Voces en el desierto: el testimonio de los Diablos y sus familias
Detrás de las estadísticas hay historias de sacrificio y orgullo. José, un Diablo de 52 años originario de una ranchería en Coahuila, lleva tres décadas combatiendo incendios. “Empecé con mi papá cuando tenía 18 años. Él me enseñó a leer el humo. Para mí, esto no es un trabajo, es mi vida”, relató en una conversación captada por medios locales. Ahora, con la incertidumbre migratoria, José ha tenido que vivir separado de su esposa e hijos, que residen en México, mientras él espera en Texas la renovación de su permiso. “No sé si volveré a verlos pronto. Pero tampoco quiero dejar el parque. El parque es mi casa”.
Las familias también sufren. En las rancherías de ambos lados de la frontera, los Diablos son vistos como héroes locales. Sus hijos crecen escuchando historias de fuegos domados y vidas salvadas. Sin embargo, la crisis actual ha generado desesperación. Algunos han intentado emigrar legalmente a otros estados para buscar trabajo, pero sin la especialización en incendios, sus oportunidades son escasas. La comunidad se organiza para apoyar a los afectados, pero la ayuda es limitada. El sentimiento de abandono por parte del gobierno estadounidense, que durante años se benefició de su trabajo, es profundo y amargo.
El futuro incierto: ¿hay esperanza para los bomberos del desierto?
A pesar del panorama sombrío, existen esfuerzos para salvar a la brigada. Organizaciones de derechos laborales y ambientales han presionado al Congreso para que restablezca los fondos para brigadas binacionales y se agilicen las visas para trabajadores esenciales. Algunos senadores demócratas han presentado proyectos de ley específicos para proteger a los Diablos, argumentando que su conocimiento es un activo estratégico para la seguridad nacional frente a incendios forestales. Sin embargo, el clima político actual, dominado por la retórica antiinmigrante, hace que la aprobación sea incierta.
Mientras tanto, los Diablos continúan operando con lo que tienen. En la temporada de incendios de 2026, apenas la mitad de la brigada habitual estuvo disponible. Los guardaparques han tenido que recurrir a voluntarios y equipos de otras regiones, pero la eficiencia ha caído. El riesgo de que un gran incendio arrase partes del parque es real. La conclusión de los expertos es clara: sin los Diablos, Big Bend pierde no solo a sus mejores bomberos, sino un trozo de su identidad fronteriza. La pregunta que queda es si el gobierno de Trump y el Congreso priorizarán la protección del patrimonio natural sobre las restricciones migratorias.
Conclusión: un patrimonio en llamas que no puede extinguirse
La historia de los Diablos es un espejo de las contradicciones de la frontera: colaboración y desconfianza, necesidad y exclusión. Durante décadas, estos hombres construyeron un puente de conocimiento y esfuerzo entre México y Estados Unidos, protegiendo un ecosistema que no entiende de visas ni presupuestos. Pero los recortes y las políticas migratorias han puesto ese puente al borde del colapso. Si se pierde a los Diablos, no solo se extinguirá una brigada excepcional, sino un modelo de cooperación binacional que podría servir de ejemplo en un mundo con cada vez más incendios. La decisión está en manos de los políticos: apostar por el cortoplacismo de la restricción o por la sabiduría de quienes conocen el desierto mejor que nadie. El humo de los incendios futuros podría ser la señal más elocuente de lo que se ha dejado perder.

