ONPE rectifica traslado de actas electorales sin resguardo policial ni fiscalizador del JNE, revelando fallas en protocolos de seguridad

Una Controversia que Cuestiona los Protocolos Electorales

La transparencia y seguridad de los procesos electorales son pilares fundamentales para la democracia. Recientemente, un incidente en el traslado de material electoral ha generado un cruce de versiones entre dos instituciones clave: la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) y el Jurado Nacional de Elecciones (JNE). El núcleo de la controversia radica en si el movimiento de actas de votación consideradas «perdidas» contó con el debido resguardo policial y la supervisión de un fiscalizador del JNE. Lo que comenzó como una acusación se transformó en una rectificación pública, revelando fallas en los protocolos y generando dudas sobre la cadena de custodia en un proceso sensible.

El Incidente en Santiago de Surco y la Primera Versión

El hecho se registró en el distrito de Santiago de Surco, donde material electoral, específicamente actas de votación, debía ser trasladado entre centros de acopio. Inicialmente, según reportes de prensa, la ONPE habría señalado que este traslado se realizó con la supervisión de un fiscalizador del JNE. Esta versión inicial buscaba proyectar una imagen de normalidad y apego a los procedimientos establecidos, donde la presencia de un fiscalizador externo y de la Policía Nacional del Perú (PNP) es crucial para avalar la legalidad y transparencia de cualquier movimiento de documentos electorales.

Sin embargo, esta narrativa pronto se vería cuestionada. La información inicial, que parecía cerrar el caso, en realidad abriría una serie de cuestionamientos por parte del propio JNE y de la prensa investigativa. La discrepancia entre lo reportado y lo ocurrido puso en evidencia la necesidad de una verificación rigurosa, mostrando cómo un simple error en la comunicación institucional puede escalar rápidamente a una crisis de credibilidad.

La Rectificación de la ONPE: Un Reconocimiento Público

Ante la versión oficial del JNE, que contradijo lo afirmado inicialmente, la ONPE se vio obligada a rectificar. En un acto de transparencia correctiva, la institución liderada por Carmen Velarde reconoció públicamente que había proporcionado información inexacta. A través de un comunicado y declaraciones a medios como Canal N, admitieron un hecho grave: el traslado del material se realizó sin resguardo policial y sin la presencia del fiscalizador del JNE asignado.

Este reconocimiento no fue menor. Implicó asumir una falla operativa y comunicacional. La ONPE ofreció disculpas por la información errónea, un gesto destacado en las publicaciones de medios como El Comercio en sus redes sociales, donde se resaltaron las «disculpas y rectificaciones». Este paso fue fundamental para intentar contener el daño a su credibilidad, aunque dejó al descubierto las vulnerabilidades en la ejecución de los protocolos de seguridad más básicos.

Las Razones de la Falla: Un Sistema Saturado

¿Cómo pudo ocurrir esto? La explicación proporcionada por la ONPE, recogida por medios como Caretas y El Comercio, apunta a una saturación del sistema de fiscalización. Según su descargo, el fiscalizador del JNE asignado para supervisar la operación no pudo acompañar el traslado porque debía atender dos centros de acopio a la vez, lo que hizo materialmente imposible su presencia.

Respecto a la ausencia del resguardo policial, la ONPE argumentó que su personal procedió con el traslado ante la inminente hora de cierre de los centros de acopio y la falta de disponibilidad inmediata de un patrullero. Estas razones, aunque explicativas, no son justificativas desde el punto de vista del protocolo estricto que debe regir en el manejo de material electoral. Evidencian una falta de coordinación y de recursos logísticos asignados para contingencias, poniendo en riesgo la integridad de documentos vitales para la voluntad popular.

La Respuesta del JNE y el Cruce Institucional

La postura del JNE fue clara y contundente desde el inicio. Al ser consultados sobre el caso, desmintieron la versión inicial de la ONPE acerca de la presencia de su fiscalizador. Esta aclaración fue el detonante que forzó la rectificación pública. El JNE, como órgano rector de la administración de justicia electoral, tiene la potestad de supervisar y fiscalizar todos los actos del proceso, por lo que una omisión de esta magnitud en su supervisión directa es de suma gravedad.

El cruce de versiones subraya una fractura momentánea en la coordinación entre entidades electorales. Si bien ambas instituciones forman parte del sistema electoral peruano, el incidente muestra que los canales de comunicación y verificación de información en tiempo real pueden fallar. La credibilidad del sistema en su conjunto se resiente cuando sus componentes principales ofrecen relatos contradictorios sobre un hecho tan sensible.

Implicancias para la Seguridad y Transparencia Electoral

Este caso trasciende el mero error administrativo. Aborda el núcleo de la confianza pública en los comicios. El traslado de actas sin cadena de custodia certificada (resguardo policial y fiscalización) crea un riesgo tangible de que se cuestione la autenticidad de esos documentos. Aunque no haya indicios de alteración, la mera posibilidad abre flancos para impugnaciones futuras y alimenta narrativas de desconfianza entre la ciudadanía y los actores políticos.

El protocolo electoral existe precisamente para prevenir estas situaciones. Cada eslabón, desde el cierre de la mesa hasta el cómputo final, está diseñado para ser observado y custodiado. La ruptura de este eslabón, aunque sea en un traslado puntual, debilita todo el sistema. Revela que, bajo presión logística o por limitaciones de personal, los protocolos pueden quedar en segundo plano, con consecuencias potencialmente graves para la legitimidad de los resultados.

Lecciones Aprendidas y el Camino a Seguir

El episodio deja varias lecciones claras. Primero, la comunicación veraz y oportuna entre instituciones es no negociable. Una aclaración temprana hubiera mitigado el impacto. Segundo, se requiere una evaluación urgente de los recursos humanos y logísticos asignados a la fiscalización, para evitar que un solo funcionario deba cubrir múltiples locaciones críticas simultáneamente. La saturación no puede ser la excusa para el incumplimiento del protocolo.

Finalmente, el caso sirve como un recordatorio público de la importancia de la vigilancia ciudadana y periodística. Fue la pesquisa constante la que llevó a develar la verdad. Para restaurar la confianza, tanto la ONPE como el JNE deben trabajar en un plan de acción conjunto que refuerce los puntos débiles expuestos, garantizando que una falla de este tipo no se repita en futuros procesos electorales, donde la percepción de limpieza es tan importante como la limpieza misma.

La controversia entre la ONPE y el JNE por el traslado de actas sin resguardo ha expuesto una fisura preocupante en los protocolos de seguridad electoral. Más allá de las disculpas y rectificaciones, el incidente reveló problemas de coordinación, saturación del personal fiscalizador y una comunicación institucional deficiente. Si bien no hubo alteración comprobada del material, la sola vulneración de la cadena de custodia siembra dudas que pueden ser exploited para cuestionar la transparencia del sistema. La lección fundamental es que en materia electoral, la apariencia de rigor es tan crucial como el rigor mismo. La credibilidad del proceso depende de que cada paso, por mínimo que sea, sea infalible y esté debidamente documentado y custodiado. La rectificación fue un primer paso necesario, pero ahora corresponde una revisión profunda y correctiva para blindar futuras elecciones de fallas evitables.