Tres años de guerra en Ucrania: el testimonio de los enviados de EL PAÍS

La mirada de los enviados especiales: tres años cubriendo el conflicto

Cuando el 24 de febrero de 2022 comenzó la invasión rusa a gran escala de Ucrania, los medios de todo el mundo movilizaron a sus corresponsales más experimentados. Entre ellos, los enviados especiales de EL PAÍS asumieron la tarea de documentar una guerra que se ha convertido en la más larga y devastadora en Europa desde 1945. Tres años después, diez periodistas del diario han reunido sus testimonios en un especial titulado «Historias y protagonistas de tres años de guerra», donde recuerdan algunas de las crónicas que han marcado su cobertura. Este artículo explora cómo estos profesionales han vivido el conflicto, los desafíos que enfrentaron y las lecciones que comparten con los lectores en el marco del Festival EL PAÍS.

El trabajo de campo, lejos de ser una simple transmisión de datos, implica una inmersión total en la realidad del frente de batalla, los refugios antiaéreos y las ciudades destruidas. Como señala la periodista María Sahuquillo, una de las enviadas especiales que participó en el evento, «la guerra no se cuenta solo con cifras de bajas, sino con los rostros de quienes la padecen». Esta perspectiva humana ha sido el eje central de las crónicas que los lectores han seguido durante más de mil días.

El periodismo en primera línea: riesgos y compromiso ético

Ser enviado especial a una guerra activa implica exponerse a peligros constantes: bombardeos, emboscadas, falta de suministros básicos y restricciones de acceso. Los periodistas de EL PAÍS, entre ellos Luis Doncel y Jacobo, han compartido en el vídeo «Historias de una guerra» cómo gestionaban la incertidumbre y el miedo mientras intentaban mantener la objetividad. «Uno se prepara para lo peor, pero nunca estás listo para ver un hospital pediátrico destruido», confesó Doncel durante el festival. El compromiso ético de no sensacionalizar el dolor, sino de contextualizarlo, se convirtió en una guía constante.

Además, la logística de la cobertura en un país en guerra es titánica: desde encontrar combustible para los vehículos hasta asegurar conexiones de internet estables. Los enviados especiales aprendieron a depender de una red de contactos locales, traductores y conductores que arriesgaban su vida para ayudar a la prensa internacional. Este ecosistema de colaboración, invisibilizado en muchos reportajes, fue reconocido por los periodistas durante su intervención en el Festival EL PAÍS como un pilar fundamental para que las historias llegaran al mundo.

Las historias que hay detrás de los titulares

Más allá de los grandes movimientos militares y las declaraciones oficiales, el periodismo de guerra encuentra su verdadero valor en las microhistorias: la familia que se refugia en un sótano, el soldado que toca el piano en un edificio en ruinas, la maestra que continúa dando clase en una escuela sin ventanas. Los enviados especiales de EL PAÍS hicieron de estos relatos el núcleo de su trabajo. En el especial de aniversario del diario, diez periodistas seleccionaron las crónicas que más les impactaron, desde la evacuación de civiles en Bucha hasta la resistencia cultural en Járkiv.

Una de las historias más conmovedoras, compartida por María Sahuquillo durante el festival, fue la de una anciana que se negaba a abandonar su casa a pesar de que las tropas rusas habían tomado su calle. «Para ella, aquella casa era toda su vida. Y nosotros teníamos que contar esa dignidad sin juzgarla», recordó la periodista. Este tipo de relatos demuestran que la guerra no es solo un conflicto entre ejércitos, sino una experiencia humana que desgarra miles de vidas cotidianas.

El Festival EL PAÍS: un espacio para el diálogo entre periodistas y lectores

El pasado mes de mayo, en el marco del 50 aniversario del diario, se celebró el Festival EL PAÍS con un evento titulado «Historias de una guerra». Durante esa sesión, varios de los enviados especiales a Ucrania se sentaron frente a los lectores para compartir sus experiencias en directo. No se trató de una simple conferencia, sino de un diálogo sincero donde el público pudo preguntar sobre los momentos más duros, los dilemas morales y la evolución del conflicto. La transmisión en vivo, disponible en la plataforma X, permitió que miles de personas conectaran con los periodistas desde cualquier parte del mundo.

Este formato de encuentro directo responde a una necesidad creciente de transparencia en el periodismo. Los lectores no solo quieren consumir noticias, sino entender cómo se producen, qué riesgos conllevan y qué decisiones editoriales se toman. Durante la charla, los periodistas explicaron por qué eligieron ciertos enfoques, cómo verificaban información en zonas de difícil acceso y qué papel juega la empatía en una cobertura que debe ser rigurosa. «No somos máquinas de contar muertos; somos personas que llevan la guerra en la mochila», comentó Luis Doncel, generando un emotivo aplauso entre los asistentes.

Lecciones de una guerra que no termina

Aunque la atención mediática mundial se ha desplazado en parte hacia otros conflictos, la guerra en Ucrania sigue activa y dejando heridas profundas. Los enviados especiales de EL PAÍS han desarrollado una perspectiva única sobre la evolución del conflicto: desde la resistencia inicial de Ucrania hasta la guerra de desgaste actual. En sus testimonios coinciden en que una de las grandes lecciones ha sido la capacidad de adaptación de la población civil, así como el papel crucial de la información veraz frente a la desinformación rusa.

Otra enseñanza clave es la importancia del periodismo de largo aliento. No basta con un despliegue inicial; hay que volver, reencontrarse con las mismas familias, seguir las historias. «La guerra no es una noticia que se agota en una semana; es un proceso que hay que acompañar», afirmó Jacobo durante el festival. Esta continuidad permite a los lectores comprender las consecuencias reales de las decisiones políticas y militares, evitando la fatiga informativa que a menudo deshumaniza los conflictos.

El legado de la cobertura: verdad y memoria

Cuando los enviados especiales regresan a sus redacciones, cargan con un peso que trasciende lo profesional. Las imágenes de ciudades destruidas, cuerpos sin identificar y niños huérfanos quedan grabadas en su memoria. Sin embargo, también regresan con la convicción de que su trabajo ha servido para documentar la verdad y para que los responsables de crímenes de guerra no queden impunes. En ese sentido, el archivo de crónicas, fotografías y vídeos que EL PAÍS ha publicado durante tres años constituye un testimonio histórico invaluable.

Durante el Festival EL PAÍS, varios periodistas reflexionaron sobre el papel de su profesión en la construcción de la memoria colectiva. «Muchas de las personas que entrevistamos nos decían: ‘Cuéntennos, para que el mundo no olvide'», recordó María Sahuquillo. Esa demanda de memoria es la que impulsa a los enviados especiales a seguir viajando al frente, a pesar del cansancio y el peligro. El legado de esta cobertura no son solo los premios o los reconocimientos, sino la certeza de que cada historia publicada es un grano de arena contra la indiferencia.

Conclusión: periodistas que humanizan la guerra

Los enviados especiales a la guerra de Ucrania no son meros transmisores de información; son testigos privilegiados de una tragedia que define nuestro tiempo. A través de sus experiencias compartidas en el Festival EL PAÍS, los lectores han podido asomarse a la realidad compleja de un conflicto que ha cambiado el equilibrio geopolítico mundial. Desde el riesgo constante hasta la ternura de los pequeños gestos humanos, su trabajo nos recuerda que detrás de cada cifra hay una persona. Mantener viva esa mirada es el mayor servicio que el periodismo puede ofrecer. Que no se apague la luz de sus crónicas depende de todos nosotros, porque la guerra no termina cuando se apagan los focos, sino cuando dejamos de contarla.

En un momento donde la desinformación y la polarización amenazan la comprensión pública, el testimonio directo de quienes estuvieron allí es más valioso que nunca. La invitación de EL PAÍS a sus lectores para escuchar a sus enviados especiales no solo enriquece el debate, sino que refuerza el vínculo esencial entre la prensa y la sociedad. Porque al final, la mejor manera de honrar a quienes sufren la guerra es no apartar la mirada, y seguir escuchando las historias que ellos, con valentía, nos traen.

«No somos máquinas de contar muertos; somos personas que llevan la guerra en la mochila.» – Luis Doncel, enviado especial de EL PAÍS