El regreso de un viejo conocido: Luis Carranza y su diagnóstico sobre el Perú
Luis Carranza, quien fuera ministro de Economía durante el segundo gobierno de Alan García, ha vuelto a la primera línea del debate público con una advertencia contundente: “Hemos tenido un clientelismo político aberrante en los últimos años”. Integrante del equipo técnico de Fuerza Popular de cara a las elecciones de 2026, Carranza representa una voz que conoce de cerca los años de bonanza económica peruana, cuando el PBI crecía a tasas cercanas al 6%, y que ahora busca trazar una ruta de retorno a ese crecimiento perdido. En un contexto de crisis política, informalidad galopante y desconfianza institucional, sus declaraciones han reabierto el debate sobre las causas de la desaceleración y el rol del Estado en la economía.
Este artículo analiza en profundidad las afirmaciones del exministro, el contexto que las rodea y las propuestas que podrían definir la agenda económica del próximo gobierno. Se abordan desde los logros y límites de su gestión pasada hasta los riesgos del clientelismo que denuncia, pasando por la viabilidad de las recetas liberales en un país con profundas brechas sociales. La intención es ofrecer al lector una mirada crítica, basada en datos y antecedentes, sobre uno de los debates más relevantes de la campaña peruana.
Los años dorados: el legado de Carranza en el segundo gobierno de Alan García
Entre 2006 y 2011, Luis Carranza Ugarte ocupó el ministerio de Economía y Finanzas durante un periodo que muchos economistas consideran la “edad de oro” del crecimiento peruano. La economía creció a un promedio de 6% anual, impulsada por el auge de los precios de las materias primas, una política fiscal prudente y reformas estructurales que atrajeron inversión extranjera directa. Carranza fue uno de los arquitectos de los Tratados de Libre Comercio con Estados Unidos, China y la Unión Europea, y defendió la disciplina macroeconómica como pilar del desarrollo.
Sin embargo, ese mismo crecimiento dejó en evidencia las debilidades del modelo. La desigualdad persistió, la informalidad laboral se mantuvo por encima del 70% y los servicios públicos –salud, educación, justicia– no mejoraron al mismo ritmo que el PBI. En retrospectiva, Carranza ha reconocido que “no se construyeron las instituciones necesarias” para sostener el crecimiento inclusivo. Esa crítica, matizada por la autocrítica, es la base de su actual diagnóstico sobre el clientelismo político.
“Clientelismo político aberrante”: ¿a qué se refiere exactamente?
La frase del exministro no es una acusación genérica. En el contexto de la entrevista con El Comercio, Carranza sostiene que en los últimos años se ha “distorsionado el rol del Estado”, sustituyendo políticas públicas basadas en evidencia por “favores políticos a cambio de votos”. Ejemplos concretos serían el aumento desmedido de plazas temporales en el sector público sin control de méritos, la entrega de bonos y subsidios sin evaluación de impacto y la paralización de obras públicas por conflictos políticos.
“Hemos tenido un clientelismo político aberrante en los últimos años que ha destruido la confianza en las instituciones y ha generado un círculo vicioso de corrupción y pobreza.”
El peligro, según Carranza, es que ese clientelismo no solo es ineficiente, sino que desalienta la inversión privada y fomenta la informalidad. Cuando el Estado se convierte en un “botín” de grupos políticos, las reglas de juego se vuelven impredecibles y los empresarios –tanto grandes como pequeños– prefieren operar en la economía informal. El resultado es una trampa de bajo crecimiento y alta desigualdad que solo se puede romper con reformas institucionales profundas.
De la bonanza a la crisis: ¿qué pasó entre 2011 y 2025?
Para entender la crítica de Carranza es necesario repasar la última década y media. Tras el fin del gobierno de Alan García, el Perú entró en un ciclo de inestabilidad política que ha tenido seis presidentes en menos de diez años. La pandemia de COVID-19 agravó la recesión y disparó la pobreza del 20% al 27%. La respuesta fiscal –subsidios y bonos– fue masiva, pero careció de controles y generó focos de corrupción en los gobiernos regionales.
El crecimiento económico se desplomó: del promedio de 6% en 2006-2011 a tan solo 2% en 2024, según estimaciones del Banco Central de Reserva. La inversión privada cayó un 15% en términos reales desde 2019, y la informalidad laboral superó el 75%. En ese escenario, el “clientelismo” denunciado por Carranza se convirtió en una herramienta de supervivencia política para muchos congresistas y alcaldes, pero también en un lastre para la recuperación.
Fuerza Popular y la promesa de retomar la senda del crecimiento
Carranza llega a Fuerza Popular como parte de un equipo técnico que busca presentar una alternativa económica creíble de cara a 2026. Su discurso se centra en tres pilares: estabilidad macroeconómica, reforma del Estado y formalización. “Podemos retomar la ruta de crecimiento”, afirma, pero advierte que “no será automático; requiere reformas que tienen costos políticos”.
Entre las propuestas que ha esbozado destacan la simplificación de trámites para empresas, una reforma tributaria que amplíe la base sin aumentar tasas, y la eliminación de los “puestos fantasmas” en el sector público. También ha defendido la necesidad de un shock de confianza a través de la firma de un nuevo acuerdo social entre Estado, empresas y trabajadores. La pregunta que muchos se hacen es si un partido con el historial de investigaciones por corrupción que tiene Fuerza Popular puede ser el vehículo de esa transformación.
- Reforma del Estado: Reducir el número de ministerios y entidades duplicadas.
- Formalización: Creación de un régimen único simplificado para microempresas.
- Inversión: Eliminación de barreras burocráticas para proyectos de infraestructura.
Los desafíos de una receta liberal en un país fragmentado
La propuesta de Carranza tiene fuerte raigambre liberal, pero en un país donde la mitad de la población se siente excluida del sistema económico, cualquier reforma debe ir acompañada de una política social robusta. El exministro reconoce que “el Estado debe estar presente donde el mercado no llega”, pero insiste en que esa presencia debe ser eficiente y no clientelar.
Uno de los puntos más polémicos es la reforma del sistema de pensiones y la flexibilización laboral. Mientras los gremios sindicales denuncian un retroceso en derechos, Carranza argumenta que la informalidad es el verdadero enemigo del trabajador peruano. “Más del 75% de los trabajadores no tiene protección alguna. Prefiero un empleo formal con derechos básicos que un empleo informal inexistente”, ha declarado. La clave será si Fuerza Popular logra articular estas reformas con una narrativa que las haga aceptables para una ciudadanía hastiada de promesas incumplidas.
Conclusión: La encrucijada del desarrollo peruano
La entrevista de Luis Carranza ofrece un diagnóstico que va al núcleo del estancamiento peruano: un clientelismo político que corroe la eficiencia del Estado y desalienta la inversión. Su propuesta, anclada en la experiencia del crecimiento de hace quince años, apunta a recuperar la disciplina fiscal, la previsibilidad jurídica y la formalización. Sin embargo, el éxito de cualquier plan económico dependerá de la capacidad de construir consensos en un Congreso fragmentado y de recuperar la confianza de una población que ha visto cómo la bonanza no se tradujo en bienestar generalizado.
Retomar la ruta del 6% no será fácil, pero el debate que ha iniciado Carranza es necesario. Implica reconocer que el crecimiento no es un fin en sí mismo, sino el medio para financiar servicios públicos de calidad y reducir la desigualdad. La lección de su paso por el ministerio es que la ortodoxia macroeconómica funciona cuando se combina con instituciones sólidas y políticas sociales efectivas. Si Fuerza Popular logra reconciliar ambas dimensiones, podría ofrecer una salida creíble a la crisis. De lo contrario, el “clientelismo aberrante” seguirá siendo la norma.

