Cisjordania: Amnistía revela limpieza étnica y expulsión de 10 mil beduinos

La denuncia de Amnistía Internacional: una nueva fase en la ocupación de Cisjordania

Un reciente informe de Amnistía Internacional ha sacudido la escena internacional al denunciar lo que la organización califica como una campaña sistemática de «limpieza étnica» contra las comunidades beduinas en Cisjordania ocupada. Según el documento, militares israelíes y colonos judíos están llevando a cabo expulsiones «brutales» de estas poblaciones con el objetivo de intensificar la ocupación de tierras. La ONG subraya que estas acciones se desarrollan bajo una preocupante pasividad de la comunidad internacional, que no ha logrado frenar el avance de los asentamientos ilegales ni proteger a los civiles palestinos. Este artículo profundiza en los hallazgos del informe, las raíces históricas del conflicto y el impacto humanitario de estas políticas, ofreciendo un análisis detallado de una crisis que redefine el mapa de Cisjordania.

Un patrón histórico de desplazamiento forzado

La limpieza étnica en Palestina no es un fenómeno reciente. Como documenta el historiador Ilan Pappé en su obra La limpieza étnica de Palestina, ya en 1948 las fuerzas militares de la comunidad judía llevaron a cabo una campaña sistemática para expulsar a la población árabe del territorio que luego se convertiría en Israel. Aquel proceso, que Pappé describe como «brutal», sentó las bases de una estrategia que ha perdurado durante décadas. Hoy, Amnistía Internacional señala que ese mismo modelo se replica en Cisjordania, donde las comunidades beduinas —pastores nómadas que han habitado estas tierras durante generaciones— son objeto de una presión constante para abandonar sus hogares.

El informe de la ONG destaca que, entre 2024 y 2026, más de 10.000 beduinos han sido desplazados en el Valle del Jordán y las colinas del sur de Hebrón. Los métodos incluyen demoliciones de viviendas, confiscación de rebaños y ataques directos por parte de colonos armados, todo ello bajo la protección o la complicidad del ejército israelí. Este patrón de violencia no solo viola el derecho internacional humanitario, sino que también evidencia una planificación coordinada para expropiar tierras estratégicas, especialmente en áreas que Israel busca anexionar de facto.

Los colonos como brazo armado de la ocupación

Uno de los elementos más alarmantes del informe de Amnistía Internacional es el papel que juegan los colonos judíos en estas expulsiones. Lejos de ser actores aislados, estos grupos actúan como una extensión de las políticas estatales israelíes. Según el reportaje publicado por El País el 10 de junio de 2026, los colonos realizan incursiones nocturnas en comunidades beduinas, destruyendo tiendas de campaña, pozos de agua y paneles solares. «Nos dan 24 horas para irnos, y si no, queman todo», declaró un anciano beduino desplazado a la agencia de noticias. Los militares no solo no intervienen, sino que en muchas ocasiones impiden el acceso de ONGs y periodistas a las zonas afectadas.

La violencia incluye agresiones físicas y amenazas de muerte. En la aldea de Khirbet Hamsa al-Fawqa, los colonos, escoltados por soldados, arrancaron olivos centenarios y sellaron los únicos caminos de acceso, dejando a las familias sin posibilidad de pastorear o recolectar agua. Estas acciones están diseñadas para hacer la vida insostenible. La ONG B’Tselem calcula que el 85% de las tierras de pastoreo beduinas en Cisjordania han sido declaradas «zonas militares cerradas» o han sido asignadas a asentamientos, un proceso que Amnistía Internacional califica como «limpieza étnica lenta pero implacable».

Pasividad internacional: cómplice silencioso

El informe dedica un capítulo crucial a la reacción de la comunidad internacional, a la que acusa de «complicidad por omisión». A pesar de las condenas verbales de la Unión Europea, Naciones Unidas y varios gobiernos, ninguna medida concreta ha detenido el avance de los asentamientos. La ONG recuerda que las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, como la 2334 (2016), que declara los asentamientos ilegales, son sistemáticamente ignoradas por Israel sin coste diplomático. Mientras tanto, Estados Unidos continúa proporcionando ayuda militar multimillonaria al Estado hebreo, lo que legitima de facto la ocupación.

“La pasividad internacional no es neutralidad; es un respaldo activo a la impunidad de Israel”, declaró la secretaria general de Amnistía Internacional, Agnès Callamard, al presentar el informe en Madrid, según recogió El País. “Cada día que las potencias mundiales no imponen sanciones, están aprobando el sufrimiento de los beduinos”.

La ONG también critica a los medios de comunicación occidentales, que tienden a presentar estas expulsiones como «incidentes aislados» o «disputas territoriales», en lugar de lo que realmente son: una política coordinada de desposesión. La falta de cobertura en profundidad, salvo excepciones como el reportaje de El País, contribuye a que el público global desconozca la magnitud de la crisis.

Impacto humanitario y destrucción del modo de vida beduino

Las comunidades beduinas han construido su identidad en torno al pastoreo nómada y la conexión con la tierra. Las expulsiones no solo significan perder un techo, sino también un sistema económico, cultural y social. Los rebaños de cabras y ovejas, base de su subsistencia, son confiscados o mueren en los incendios provocados por los colonos. Sin acceso a agua ni pastos, muchas familias se ven obligadas a refugiarse en campamentos improvisados en las afueras de Ramala o Jericó, donde la atención médica y la educación son prácticamente inexistentes.

Un informe de la Organización Mundial de la Salud señala que la tasa de desnutrición infantil entre los beduinos desplazados se ha duplicado en los últimos tres años. Además, el estrés postraumático afecta a la mayoría de los adultos y niños, que han presenciado escenas de violencia extrema. La ONG Médicos Sin Fronteras alerta de que el sistema de salud palestino, ya colapsado por el bloqueo en Gaza, no tiene capacidad para absorber a estos desplazados. La crisis humanitaria se profundiza cada día que la comunidad internacional no actúa.

La respuesta oficial israelí: argumentos y contradicciones

El gobierno israelí ha negado las acusaciones de limpieza étnica, calificando el informe de Amnistía Internacional como «antisemita» y «sesgado». En un comunicado oficial, el Ministerio de Exteriores israelí argumentó que las expulsiones responden a «operaciones de seguridad necesarias» para combatir la «infiltración terrorista» desde zonas beduinas. Sin embargo, la ONG refuta esta versión con datos: las áreas desalojadas no son zonas de combate, sino pastizales alejados de cualquier foco de violencia. Además, la mayoría de los desplazados son familias con niños y ancianos, sin vínculos con grupos armados.

Otro argumento israelí es que los beduinos «ocupan tierras estatales» de forma ilegal. Pero Amnistía Internacional recuerda que, bajo el derecho internacional, Cisjordania es territorio ocupado y que Israel no tiene soberanía para declarar esas tierras como «estatales». La expansión de asentamientos, considerada ilegal por la Corte Internacional de Justicia, es la verdadera causa del conflicto. Las comunidades beduinas, cuyos títulos de propiedad se remontan a la época otomana, son víctimas de un sistema judicial que no reconoce sus derechos.

Conclusión: una crisis que exige acción global

El informe de Amnistía Internacional desnuda una realidad que lleva décadas construyéndose: la ocupación israelí de Cisjordania se ha intensificado hasta convertir el desplazamiento de los beduinos en una herramienta de limpieza étnica. La violencia de colonos, la complicidad militar y la pasividad internacional conforman un triángulo letal que está borrando del mapa a comunidades enteras. No se trata solo de tierras; se trata de vidas, de cultura y de la legalidad internacional pisoteada. Frente a esto, la respuesta de la comunidad internacional sigue siendo tibia. Hacer oídos sordos ya no es una opción: el silencio equivale a complicidad. La presión diplomática, las sanciones económicas y la protección efectiva de los civiles palestinos son pasos ineludibles si se quiere detener esta catástrofe. Los beduinos de Cisjordania no pueden esperar más.

La historia juzgará con dureza a quienes, teniendo los medios para actuar, prefirieron mirar hacia otro lado. El artículo de El País y las investigaciones de ONGs como Amnistía Internacional son un altavoz necesario, pero la verdadera transformación solo llegará si la ciudadanía global exige a sus gobiernos que rompan el silencio.