La amenaza de Sánchez a un mes del balotaje: sin hoja de ruta ni concesiones al modelo económico
A un mes de la segunda vuelta electoral, el candidato presidencial de Juntos por el Perú, Roberto Sánchez, ha endurecido su posición al rechazar explícitamente la posibilidad de suscribir una “hoja de ruta” similar a la que firmó Ollanta Humala en 2011 para llegar al poder. Esta declaración, recogida por diversos medios, marca un quiebre respecto a la tradición peruana de moderación post primera vuelta y ha reavivado el debate sobre el futuro del modelo económico. Sánchez no solo adelantó que no adoptará compromisos programáticos externos, sino que ha acentuado su discurso en contra del crecimiento económico tradicional, los tratados de libre comercio y las recetas neoliberales. En un contexto de polarización, su postura podría definir el rumbo del país y la credibilidad de su candidatura ante el electorado moderado.
¿Qué es la “hoja de ruta” y por qué Sánchez la rechaza?
La “hoja de ruta” a la que alude Roberto Sánchez es el compromiso que Ollanta Humala firmó en 2011 –en el llamado “cambio de polo rojo a polo blanco”– para garantizar inversiones, estabilidad macroeconómica y la continuidad de las políticas de libre mercado durante su gobierno. Aquel documento, suscrito con sectores empresariales y políticos, le permitió a Humala despejar las dudas sobre su pasado nacionalista y ganar la confianza del establishment económico.
Sánchez, sin embargo, ha sido tajante: no firmará ningún compromiso de ese tipo. Según declaraciones que reproduce El Comercio y que se viralizaron en redes sociales, el candidato considera que “una hoja de ruta impuesta” sería una renuncia a los principios de su partido y a las promesas de cambio profundo que lo llevaron a la segunda vuelta. “No pienso renunciar a mis convicciones solo para asegurar la presidencia”, señaló, marcando una distancia deliberada con la estrategia pragmática de Humala.
Discurso antimodelo: el ataque al crecimiento económico y los TLC
El discurso de Sánchez se ha vuelto más frontal en contra del “crecimiento económico” entendido como fin supremo. En su intervención más reciente, el candidato cuestionó los indicadores macroeconómicos que suelen celebrarse en el país –como el PBI o la balanza comercial–, argumentando que estos esconden una realidad de precariedad laboral, desigualdad y depredación ambiental. “No podemos seguir midiendo el éxito de un país solo por cuánto exporta, si la mayoría de peruanos sigue sin acceso a salud y educación dignas”, expresó.
Esta crítica abarca directamente los tratados de libre comercio (TLC), que Sánchez califica como “instrumentos de dependencia” que benefician a las grandes corporaciones extranjeras en detrimento de la pequeña agricultura y la industria nacional. El candidato de Juntos por el Perú ha prometido revisar los acuerdos comerciales vigentes y priorizar la soberanía alimentaria y la producción local. Su postura genera inquietud en el sector exportador y en socios comerciales como Estados Unidos y China, que observan con atención el desenlace electoral.
Ninguna concesión: la negativa a moderarse en campaña
La decisión de Sánchez de no firmar una hoja de ruta no es un simple gesto discursivo; implica una estrategia de campaña que busca mantener intacto el núcleo duro de su electorado, compuesto por sectores de izquierda radical, movimientos sociales y sindicatos. En un video difundido en TikTok y Facebook, el candidato insiste en que “no estamos dispuestos a traicionar a quienes nos han apoyado”. Esta fidelidad a la base, sin embargo, podría alejar a los votantes de centro y a aquellos que temen experimentos económicos en un contexto de incertidumbre global.
Analistas políticos señalan que, al negarse a moderar su discurso, Sánchez corre el riesgo de repetir el escenario de 2021, cuando Pedro Castillo también prometió cambios radicales y terminó atrapado entre promesas incumplidas y una crisis de gobernabilidad. La diferencia es que Sánchez, hasta ahora, se muestra inflexible: “No vamos a hacer como Ollanta, que prometió una cosa e hizo otra; nosotros vamos a gobernar con el programa que presentamos”, aseguró en un mitin.
Respaldos en las calles: manifestantes celebran la firmeza
La postura de Sánchez ha cosechado el respaldo de miles de manifestantes que salieron a las calles en diversas regiones del país. Según reportó el medio Nodal, en vísperas de conocerse los resultados de la primera vuelta (aunque en el contexto actual se trata de la segunda vuelta), grupos de campesinos, docentes y trabajadores sindicalizados se congregaron para expresar su apoyo al candidato y su rechazo al “modelo neoliberal”. “No queremos más presidentes que vendan el país con una hoja de ruta”, coreaban los asistentes.
Estas movilizaciones le otorgan a Sánchez un capital político significativo, pero también aumentan la presión sobre él para que cumpla sus promesas si llega al gobierno. La pregunta que flota en el ambiente es si podrá mantener esa radicalidad una vez en el poder o si, como otros líderes latinoamericanos, se verá forzado a negociar con los poderes fácticos. De momento, el candidato capitaliza la desilusión con el sistema, presentándose como la única opción que no se doblega ante el establishment.
Implicaciones para la segunda vuelta: un escenario de alta incertidumbre
Faltando menos de 30 días para el balotaje, el rechazo de Sánchez a firmar una hoja de ruta plantea un escenario de alta incertidumbre para los mercados y para la comunidad internacional. Las agencias calificadoras y los inversionistas ya habían comenzado a descontar una posible moderación del candidato; su negativa pública ha desatado volatilidad en la bolsa de Lima y ha reforzado las posiciones conservadoras de su rival en la contienda.
Además, la referencia constante al “error de Humala” –que para Sánchez no fue un error sino una traición– sirve como advertencia a los votantes indecisos: si eligen a la izquierda, debe ser para un cambio real, no para un maquillaje. Este discurso polarizante obliga al otro candidato a redoblar sus esfuerzos por presentarse como la opción de la estabilidad y el orden. La campaña se juega, en gran medida, en la capacidad de Sánchez de convencer de que su radicalidad no es una amenaza, sino una oportunidad para construir un país más justo.
Conclusión: el dilema de la coherencia frente a la gobernabilidad
La negativa de Roberto Sánchez a suscribir una hoja de ruta y su discurso abiertamente crítico contra el modelo económico configuran una apuesta arriesgada pero consecuente con su base electoral. Al rechazar el “cambio de polo” de Humala, el candidato busca evitar el estigma de la traición y proyectarse como el líder que no negocia sus principios. Sin embargo, esta firmeza podría traducirse en una difícil gobernabilidad si resulta electo, al enfrentarse sin concesiones a un Congreso fragmentado y a poderes económicos que no dudarán en obstaculizar su gestión. El electorado peruano tendrá que elegir entre la promesa de una transformación sin atajos y la incertidumbre de un camino sin mapas previos. El resultado definirá no solo el próximo gobierno, sino la capacidad del país para reconciliar cambio y estabilidad.

