Ataques con drones a nucleares: la nueva amenaza mundial

La ofensiva contra la seguridad nuclear: un patrón de ataques creciente

En las últimas semanas, la comunidad internacional ha observado con creciente preocupación una escalada de bombardeos y ofensivas con drones dirigidos contra instalaciones auxiliares de reactores nucleares tanto en Ucrania como en Oriente Próximo. El pasado día 22, la agencia de la ONU informó de varias ofensivas con drones sobre Zaporiyia, la mayor planta atómica de Europa, enclavada en territorio ucraniano bajo control ruso. Simultáneamente, un ataque con un dron en Chernigov provocó un incendio en una instalación de infraestructura, según el Servicio Estatal de Emergencias de Ucrania. Estos incidentes, lejos de ser aislados, dibujan un panorama donde las centrales nucleares han pasado de ser zonas protegidas a objetivos colaterales –e incluso deliberados– en conflictos armados.

La sucesión de estos eventos ha disparado las alarmas en el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y entre los gobiernos de ambos lados del conflicto. Lo que antes se consideraba un tabú geopolítico –atacar la infraestructura atómica de un país– se ha convertido en una táctica recurrente. La pregunta que subyace no es solo si se repetirá un accidente como el de Chernóbil, sino cómo ha degenerado la guerra hasta el punto de poner en jaque la seguridad nuclear mundial.

Zaporiyia: el epicentro de una crisis atómica prolongada

La central nuclear de Zaporiyia, con sus seis reactores, ha sido el foco de tensión desde los primeros meses de la invasión rusa. En los últimos cuatro años, sus equipos auxiliares han sufrido daños tanto por bombardeos rusos como por drones ucranios. Hoy, sus reactores están en frío, pero el riesgo persiste por la fragilidad de los sistemas de refrigeración y suministro eléctrico externo. La planta depende de líneas de alta tensión que han sido cortadas repetidamente por los combates, y cualquier interrupción prolongada podría derivar en una fusión del núcleo.

El último informe del OIEA, publicado tras el ataque del 22 de mayo, detalla que varios drones impactaron en edificios auxiliares que albergan sistemas de ventilación y almacenamiento de combustible nuclear gastado. Aunque los reactores no resultaron dañados, los expertos alertan de que un solo impacto en un transformador o en una piscina de combustible podría liberar radiación en un radio de decenas de kilómetros. La comunidad internacional exige una desmilitarización del perímetro, pero hasta ahora ninguna de las partes ha cedido.

Incendios en infraestructuras críticas: el caso de Chernigov

No solo Zaporiyia está en el punto de mira. El pasado 30 de mayo, un dron ucraniano provocó un incendio en una instalación auxiliar de la red eléctrica que abastece a la región de Chernigov, según informó el Servicio Estatal de Emergencias. Aunque no se trataba de un reactor nuclear, la infraestructura atacada forma parte del sistema de distribución de energía que alimenta a varias subestaciones cercanas a plantas atómicas. Los bomberos tardaron más de seis horas en controlar las llamas, y el corte de suministro afectó a decenas de miles de hogares.

Este incidente refleja una estrategia más amplia: atacar los sistemas auxiliares –subestaciones, líneas de transmisión, almacenes de combustible– para debilitar la capacidad energética del enemigo sin cruzar la línea roja de dañar directamente un reactor. Sin embargo, los expertos en seguridad nuclear advierten que esta táctica es igualmente peligrosa. Un apagón prolongado en una central puede causar el fallo de los generadores diésel de emergencia, y sin refrigeración, el desastre es cuestión de horas.

Oriente Próximo: otro frente nuclear en la sombra

Mientras el mundo centra su atención en Ucrania, Oriente Próximo experimenta una escalada similar. Aunque los detalles son más opacos, fuentes de inteligencia filtradas indican que instalaciones auxiliares de reactores en Irán e Israel han sido objeto de ofensivas con drones en los últimos meses. En abril de 2025, un ataque atribuido a Israel dañó un sistema de refrigeración en la central de Bushehr (Irán), mientras que en febrero un dron iraní impactó contra un transformador en la planta de Dimona (Israel).

La diferencia con el caso ucraniano es que estos ataques no se reconocen abiertamente. Ambas partes mantienen una guerra de sombras donde la infraestructura nuclear se utiliza como moneda de cambio en negociaciones encubiertas. El riesgo, sin embargo, es el mismo: un error de cálculo o un impacto mal dirigido podría desencadenar una catástrofe regional con consecuencias globales. El OIEA ha solicitado acceso a ambas instalaciones, pero hasta ahora sus inspectores han sido rechazados o limitados en sus desplazamientos.

La reacción de la ONU y las agencias internacionales

El organismo internacional no ha permanecido en silencio. El pasado 22 de mayo, el director general del OIEA, Rafael Grossi, compareció ante el Consejo de Seguridad para denunciar la sucesión de bombardeos y ofensivas con drones sobre instalaciones auxiliares de reactores. En su intervención, calificó la situación de «insostenible» y pidió la creación de una zona de protección alrededor de todas las centrales en zonas de conflicto. Sin embargo, la resolución quedó bloqueada por el veto de Rusia, que acusó a Ucrania de utilizar los ataques como provocación.

Paralelamente, la Agencia Internacional de Energía Atómica ha desplegado equipos de monitoreo en Zaporiyia, pero su capacidad de actuar se ve limitada por los combates. «No podemos proteger las plantas con cascos azules», declaró un portavoz. «La única solución es un alto el fuego que garantice la seguridad de estas instalaciones». Mientras tanto, los informes de la agencia documentan cada ataque, creando un registro histórico que podría usarse en futuros tribunales internacionales por crímenes de guerra.

El peligro real de un accidente nuclear en tiempos de guerra

A pesar de la contención mostrada hasta ahora, los expertos coinciden en que el riesgo de un accidente nuclear es mayor que en cualquier otro momento desde la Guerra Fría. Los reactores de diseño soviético, como los de Zaporiyia, carecen de los sistemas de contención modernos que poseen las centrales occidentales. Un impacto directo en el edificio del reactor podría liberar una nube radiactiva que alcanzaría Europa Oriental en cuestión de horas.

Además, los equipos auxiliares son el talón de Aquiles de cualquier planta. Sin electricidad, las bombas de refrigeración se detienen; sin refrigeración, el combustible se sobrecalienta; y si el núcleo se funde, la catástrofe es inevitable. El precedente de Chernóbil (1986) y Fukushima (2011) muestra que los accidentes nucleares no entienden de fronteras ni de bandos. La diferencia hoy es que el peligro no proviene de un error humano o de un terremoto, sino de una decisión militar deliberada.

Conclusiones: ¿hacia una nueva doctrina de guerra nuclear tácita?

La sucesión de bombardeos y ofensivas con drones sobre instalaciones auxiliares de reactores en Ucrania y Oriente Próximo ha quebrado el tabú que protegía la infraestructura atómica durante décadas. Lo que comenzó como ataques puntuales se ha convertido en un patrón sistemático que amenaza con desestabilizar la seguridad global. La comunidad internacional debe actuar con urgencia para establecer mecanismos de disuasión y protección, antes de que un error de cálculo provoque un desastre de proporciones históricas. Mientras tanto, los ciudadanos quedan expuestos a una realidad donde las centrales nucleares no son solo fuentes de energía, sino blancos de guerra. La historia juzgará con dureza si la humanidad fue capaz de anteponer la razón atómica a la razón de Estado.